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"Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don Quijote-; que todo se hará bien, y quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios"

 (Quijote, II, 3)

"Él tiene las llaves del No-Visto y sólo Él lo conoce; y sabe lo que hay en la tierra y en el mar. No cae una sola hoja sin que Él no lo sepa; ni hay semilla en la profundidad de la tierra ni nada húmedo o seco que no esté en un libro claro"

 (Al Corán, VI, 59)

1. DON QUIJOTE Y EL MARCO LITERARIO DE TEMA ISLÁMICO

Aportar nuevas visiones y perspectivas sobre la novela cervantina El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha es de difícil operación; sólo una hojeada sobre la cantidad de ensayos, actas y bibliografía del estudio cervantino y "quijotesco" podía servir para amedrentarnos en nuestra tarea. El trasfondo islámico (es decir "lo que está o parece estar más allá del fondo visible", de ahí nuestro juego ambiguo) parecía pasar desapercibido para no pocos eruditos, muy conocedores de su teoría literaria pero de poca sensibilidad en lo que aquella comporta al pensamiento humano de quien se sumerge en los páramos manchegos.

Obras de excepcional calidad indagan sobre la filosofía del Quijote, el pensamiento de Cervantes, vida, mitos, temas, guías de lectura, personajes, estudios de contexto histórico social, ensayos psicológicos del Quijote se entrelazaban entre sí formando un aparato complejo de difícil y a veces confusa lectura.

La tradición literaria de tema morisco [1] tiene sus orígenes en la convivencia y roce entre dos comunidades de diferente visión del mundo desde la Hispania medieval, sobre todo durante la prolongada guerra de Granada con la rendición de Boabdil ante los Reyes Católicos en 1492. No obstante, dicha tradición parte de la fusión de la prosa novelesca del s.XIII, XIV y XV (Amadís de Gaula, Don Juan Manuel) y la prosa histórica de Alfonso X. La materia fabulística y la invención de tipos y caracteres subjetivos al lado de la creación de héroes con ciertas intenciones de observaciones directas de los sucesos quedará más o menos unida en el s.XV y XVI a través del humanismo renacentista donde se fuerza la armonía de lo ideal con lo real, dando así forma a la "novella" (Bocaccio). La estirpe ideal (como diría E. Giménez Caballero) de Amadís y la estirpe irónica del Quijote unen un modelo de narración objetiva con intervenciones subjetivas, irónicas y personales del autor, con otro modelo pretendidamente objetivo. Así surge la novela histórica y dentro de ella la novela histórica de tema morisco, las "novelas de fronteras", con Ginés Pérez de Hita, el Anónimo del Abencerraje, historias de cautivos, escenas de la Berbería o las mismas inserciones de tema moro-morisco en el Quijote que ahora pretendemos examinar. Para Luis Morales Oliver[2] la novela romance hipano-musulmana se podría dividir en dos grandes bloques para análisis: la Novela Fronteriza (temática hasta 1481) y la Novela Granadina (época Reyes Católicos), pero todas ellas compartirían los temas fundamentales: optimismo idealista, condensación argumental, estilización clasicista, ambientación lingüística con tendencia a los arabismos, belleza decorativa, amplitud del alma -virtud, generosidad, cortesía tanto cristiana como islámica, todos ellos temas se más que sobreviven en nuestra singular "caballería andante"...- y singularidad peninsular con respecto al resto de Europa, ya que aquí conviven la caballería hispanomuslín y la cristiana. Son las Novelas de Cautividad las que hasta este encuentro nos han llevado los orígenes del trasfondo islámico del Quijote, y donde sin duda Cervantes se inspiró y extrajo su tradición peninsular ya arraigada, de donde tampoco se escaparon Lope de Vega, Alcalá Yáñez, Céspedes, o Jerónimo Contreras entre otros.

La tradición popular oral y escrita han ayudado mucho a este subgénero de la literatura hispánica a su enriquecimiento y supervivencia; de hecho, Cervantes en su cautiverio argelino (1575-1580) no hizo sino abastecerse de elementos, escenas y trasfondos islámicos apuntando mayoritariamente al tema de cautivos, para irlos aportando en su obra total: su teatro (Los Baños de Argel, El Trato de Argel, El Gallardo español, La Gran Sultana, etc.), sus intertextualizaciones de novelas-cuentos de de cautiverio en su Persiles y Sigismunda, La Galatea, y algunas de sus novelas ejemplares (Coloquio de los perros, La Española inglesa, El amante Liberal, por ejemplo) al lado de otros autores desde una vez más Lope de Vega hasta Chateaubriand y Washington Irving en el s.XIX.

Podríamos llegar a una auténtica hermeneútica de lo quijotesco-islámico si al significar "islámico" queremos atribuirle una serie de ciencias del conocimiento que irían desde lo puramente cultural y linguístico hasta lo coránico y de ahí hasta incluso lo ma‘rifah o metafísica sufí. Crear campos sémicos y series léxicas de la terminología árabe en el castellano del Quijote y a partir de ahí establecer relaciones hermeneúticas con el pensamiento islámico en Cervantes, sería un primer peldaño de difícil, pero no imposible realización. Detectar categorías gramaticales, toponimia, onomástica de trasfondo árabe o musulmán, llevaría obligatoriamente a acabar en pensamiento coránico y de "kalam" y "fiqh" islámico en ciertos pasajes, personajes y temas de la obra cervantina. Es decir, sería tema demasiado amplio y ahí queda como asunto futuro de investigación no poco estimable.

Lo que aquí intencionamos no es tanto. La limitación en dos bloques temáticos de sólo trasfondo islámico del Quijote es intencionada porque la riqueza desde léxica, literaria y hasta metafísica (Tawhid, Sufismo, Al Corán, etc.) es tan vasta que hemos optado por poner límites que quieren ser lo más rígidos posibles, ejemplificando nuestra particular perspectiva de la obra:

1. El "cautivo cristiano"(Historia del cautivo): 1ª Parte, capítulos 37,38,39,40,41,42.

2. El "exiliado morisco" (Morisco Ricote): 2ª parte, capítulos 54,63,64,65.

Las características de la temática morisca, las cuales sin duda influyeron en Cervantes -aparte de su directa experiencia personal, su principal punto de partida-, son un marco espacio-temporal de luchas entre moros y cristianos anteriores y posteriores (la lucha contra el Gran Turco, contemporáneo del autor mismo -1571-) a la guerra de Granada, un mundo en estrecha relación con los libros de caballería, la temática heroica y un neoplatonismo renacentista (tal vez erasmista, pero que sin duda debió estar influenciado por ciertos convertidos al cristianismo desde el mismo Islam, tal y como se atestigua con la presencia de una elite morisca muy productiva poco antes de los decretos de expulsión...) que liga a su vez las novelas pastoriles y bizantinas o de aventuras. Pero en la Península Ibérica existía una natural maurofilia en ecuánime tratamiento ideológico y estético entre musulmanes y cristianos: ¿será porque simplemente son un mismo pueblo étnicamente hablando pero con costumbres y religiones diferentes, en convivencia durante más de ocho siglos? El debate es viejo y Américo Castro [3] y Claudio Sánchez Albornoz aún laten en la bibliografía histórico-literaria actual. Estas dos primeras ilustraciones (edic. del s. XVIII) del episodio del encuentro de Quijote con Dulcinea-Aldonza la campesina, montada a lomos de un burro, amén de bíblica, es iconografía cervantina que aquí comparamos con los dibujos de Weiditz (1609 ó 1614), ya que así es como se solían representar a las señoras y familias moriscas del finales del s. XVI (grabados de Hoefnagle) y del XVII. Las comparaciones antropológicas con la supuesta Dulcinea de un Toboso con abundante población morisca, la iconografía en sí, o las relaciones Dulcinea-Jarifa son suficientes para plantear interrogantes que ahúnden más en la cosmovisión cervantina de los personajes intencionados.

Que nada hay de artificial en la tradición literaria del Quijote y que Cervantes era un maurófilo convencido (¿relacionaremos algún día al personaje Alonso Quijano con Abindarráez y a Dulcinea con Jarifa?) aparte de autoidentificado en su personaje con el trasfondo islámico de su obra (claro sincretismo renacentista del XVI en perpetua ebullición), lo podemos constatar sin esfuerzos; el ejemplo de autoidentificación con dicha tradición es claro:

 

“...y con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma [...] olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcalde de Antequera [...] le prendió y llevó cautivo a su alcaidia [...]. Sepa vuestra merced, señor Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho, es ahora la linda Dulcinea del Toboso...” (I,5)

Va a ser obligatorio el apuntar desde este difícil solar del mundo transcervantino lo que Don Américo afirmaba valientemente en los años sesenta sobre el origen de Dulcinea como morisca, visualizada en la obra a lomos de su borrico apto para tareas agrícolas tan queridas para los últimos musulmanes patrios. Este cabalgar tan atareado y qué encantamientos sufrió a vista de Don Quijote esta campesina nada agraciada, lo quiero traer a colación cuando recuerdo los grabados históricos del XVI (1563) de la obra Civitates Orbis Terrarum relativo a las ciudades españolas de Granada y Jerez de la Frontera (que son las de mi recuerdo, pero deben ser algunas más al caso) donde los detalles de encuadre de sus vistas panorámicas representan a no pocos moriscos y moriscas a lomos de pollinos según Hoefnagle, o esos minuciosos paseos y bailes de familias enteras moriscas que Weiditz nos dejó entre 1609 y 1614. Personas de aspecto europeo aunque de ropajes distintivos que todos los dibujos enumerados ratifican, y que hoy los aún escasos estudios antropológicos físicos del tema confirman, así las investigaciones arqueológicas de Birasañas (Moral de Clatrava, Ciudad Real) en 1999-2000, junto con las ya conocidas del Circo romano de Toledo en sus tumbas (1988), Mérida, Barriada de San Antonio (1977), y abundantes restos por la geografía manchega o granadina, amén de la aragonesa-valenciana.

Continuará...

(Ver más en archivo pdf)

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