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Cuando todos los pájaros hubieron oído esta historia, se decidieron a renunciar ellos también a la vida. El pensamiento del Simorg se llevó el reposo de sus corazones; su único amor llenó el corazón de los cien mil pájaros. Hicieron el proyecto de ponerse en camino, proyecto loable, para el cual se prepararon prestamente. Todos dijeron: "Ahora tenemos que procurarnos con nuestro dinero un guía para atar y desatar. Necesitamos un conductor para nuestro camino, porque no se puede actuar según sus propias ideas. Es necesario un administrador excelente para tal camino, con la esperanza de que nos pueda salvar de este profundo mar. De corazón obedeceremos a este guía; haremos lo que él diga, bueno o malo, para que al fin nuestra bola caiga, lejos de este lugar de jactancia, en el mazo del Cáucaso. El átomo se unirá así al majestuoso sol; la sombra del Simorg caerá sobre nosotros". Al final los pájaros dijeron: "Puesto que no tenemos un jefe reconocido, echémoslo a suerte, es la mejor manera. Aquel sobre el que caiga la suerte será nuestro jefe; será grande entre los pequeños". Cuando se resolvió esta tirada al azar, el corazón de los pájaros impacientes recuperó la tranquilidad.

En efecto, cuando la cosa fue decidida, la efervescencia se calmó y todos los pájaros permanecieron silenciosos. Echaron suerte de una forma regular y la suerte cayó sobre la amorosa abubilla. Todos la aceptaron como guía y decidieron obedecerle, hasta exponer sus vidas, cualquier cosa que ella ordenara. Todos dijeron entonces de común acuerdo: "Desde ahora la abubilla es nuestro jefe, nuestro guía y nuestro conductor en este camino...

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