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Poesía

Ismael (fragmentos)

Autor: 

Vestido en mi sangre, camino:

las cenizas me llevan y me guían las ruinas.

Hombres, olas que rompen, diluvio de

lenguas: a cada frase un rey

y cada boca es una tribu.

Solo, camina

delante de su tiempo,

camina.

Y yo, desterrado de todas las tribus,

abrazado por las heridas,

abrazando a la tierra asesinada,

partí,

y en mi sangre levanté mis jaimas.

A mi nombre le ordeno

que reúna mis cuadernos

y los saque de la casa de Ismael.

Si Ismael fuera campo...

Para nuestra patria (Palestina)

Para nuestra patria,

Próxima a la palabra divina,

Un techo de nubes.

Para nuestra patria,

Lejana de las cualidades del nombre,

Un mapa de ausencia.

Para nuestra patria,

Pequeña cual grano de sésamo,

Un horizonte celeste... y un abismo oculto.

Para nuestra patria,

Pobre cual ala de perdiz,

Libros sagrados... y una herida en la identidad.

Para nuestra patria,

Con colinas cercadas y desgarradas,

Las emboscadas del nuevo pasado.

Para nuestra patria cautiva,

La libertad de morir consumida de amor.

Piedra preciosa en su noche sangrienta,

Nuestra patria resplandece a lo lejos

E ilumina su entorno...

Pero nosotros en ella

Nos ahogamos sin cesar.

¡Quema ya el hábito, Hafez!

Anoche se acercaba con el rostro en llamas

por ver si otro triste corazón había prendido.

Dar muerte al enamorado y alborotar la ciudad

era el ropaje a su medida cosido.

El alma de los que aman por ruda tenía su rostro,

por ello el fuego del rostro había encendido.

Las tinieblas de su bucle la fe asaltaban, y el de corazón tirano

el rostro como una antorcha ostentaba en su camino.

Tu sombra de ciprés

Sucumbieron tus cabellos en manos de la brisa, de dolor se ha partido en dos mi loco corazón. Tu ojo hechicero a la negrura del alba es semejante, ¡mas ay!, esta copia, ¡cómo ha languidecido! ¿Sabes qué es aquel punto negro que tu bucle enlaza? El punto es de tinta, caído en el círculo del yim. En el paraíso de tu cara, tus negros rizos perfumados son como un pavo real en el jardín de la gracia. Sumido en el deseo de tu rostro, oh Bienamado, mi corazón es la tierra que la mano del viento arroja en el camino. Este terrenal cuerpo elevarse no podrá como polvo ni alejarse de tu alcance, pues ha caído muy grave. Tu sombra de ciprés en mi forma, oh tú, el de hálito de Cristo, reflejo es del espíritu que en los pútridos huesos ha caído.

Sucumbieron tus cabellos en manos de la brisa,
de dolor se ha partido en dos mi loco corazón.
Tu ojo hechicero a la negrura del alba es semejante,
¡más ay!, esta copia, ¡cómo ha languidecido!
¿Sabes qué es aquel punto negro que tu bucle enlaza?
El punto es de tinta, caído en el círculo del yim.
En el paraíso de tu cara, tus negros rizos perfumados
son como un pavo real en el jardín de la gracia.
Sumido en el deseo de tu rostro, oh Bienamado, mi corazón
es la tierra que la mano del viento arroja en el camino...

Mahmud y el sabio

Un hombre de puras intenciones y que estaba en el recto camino, vio una noche en sueños al sultán Mahmud y le dijo: " ¡Oh rey cuya fortuna fue tan feliz! ¿Cuál es tu situación en el reino de la eternidad?" Él le respondió: "Golpea mi cuerpo si quieres, pero no aflijas mí alma; no digas nada y retírate, pues no se debe hablar aquí de realeza.

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