Poesía

Nieve

El amarillo no se ha vuelto rojo sin razón, el rojo no ha arrojado su color sobre la pared sin razón

La mañana ha venido desde la ladera de las montañas Azaku, sin embargo, el monte Vazna no está claro.

El poder de la nieve débilmente encendida trabaja todo su caos sobre cada ventanal en que se posa.

El Vazna no está claro por esto, tengo un corazón pesado, el día de la casa de huéspedes que mata a sus huéspedes es oscuro, todas las almas mezcladas juntas inútilmente: unas gentes somnolientas, unas gentes rudas, gentes simples.

La clave del tiempo

Si aquel turco de Shiraz  mi corazón deleitara,  por su lunar hindú le daría Bujara y Samarcanda.  

Sírveme vino, escanciadora, que en el paraíso no hallarás  las riberas del Roknabad ni el jardín de Mosalá.    

Estos gitanos alegres, dulces agitadores de la ciudad,  como los turcos los banquetes, saquearon mi corazón de paz.  

Para nuestro pulcro amado no es un amor tan imperfecto: agua, color, lunar, retoques, ¿para qué los quiere el rostro bello?  

Yo, por la hermosura creciente de José, sabía  que amor del velo de inocencia a Zulaika privaría.  

Insúltame y maldíceme a placer, que por ti rezo.  ¿Merece respuesta amarga el labio granate y bello?...

Hay una tierra

Vuelve al jardín la fortuna de tiempos de juventud,  el ruiseñor de dulce voz recibe de la rosa la buena nueva.  

Oh céfiro, por mí saluda a las plantas de olor, al ciprés  y la rosa, si llegas a las púberes hierbas de la pradera.  

Si entonces aparece el joven mago, vendedor de vino,  trocaré mis pestañas en escoba del umbral de la taberna.  

¡Oh, tú, que de ámbar puro en tu cara de luna pintas un mazo, no siembres de inquietud mi desorientación y pena!  

Temo que aquellos que se ríen de los que beben posos  pierdan la fe en la labor de las tabernas.  

Sé compañero de los hombres de Dios, que en el arca de Noé hay una tierra que un diluvio ni una gota de agua considera...

El contemplativo en éxtasis

Un loco por Dios, cosa asombrosa, estaba en un lugar montañoso, viviendo día y noche en medio de las panteras. De vez en cuando caía en éxtasis y su estado extático se comunicaba incluso a las personas que iban al lugar donde él estaba. Durante veinte días permanecía en este estado anormal, durante veinte días saltaba y danzaba de la mañana a la noche y decía siempre: "Nosotros dos sólo hacemos uno; nosotros no  somos varios, sabe esto, ¡oh tú que eres todo alegría y no tristeza!"

¿Cómo podría morir aquel cuyo corazón está con Dios? Da tu corazón a Dios, pues él ama al amigo de corazón. Si tu corazón experimenta el alcance de su amor, ¿tendrá algún poder la muerte sobre ti?

Estrella lejana

Las imágenes gritan en los espejos

Libérennos del marco dorado-

Eramos libres en nuestro mundo Los muros viejos y ciegos gimen:

-¿Por qué nos han cautivado? a nosotros, ladrillos de fango.

Nos alegraba nuestra inexperiencia 

Cada estrella, con los ojos húmedos, se ha aferrado al viento suplicando

¡Oh viento! Nosotras no éramos así desde el principio nosotras hemos sido las lágrimas después del grito.

En la ignorancia de que también el viento, desde hace mucho tiempo ha perdido la paciencia intimidado por dolor, dice que nosotros hemos sido viento a los oídos del mundo.

Yo no soy viento pero siempre he estado sediento del grito...

La princesa enamorada de su esclavo

Un rey cuyo imperio se extendía por los horizontes tenía una hija hermosa como la luna, que vivía en su palacio. Por su belleza, avergonzaba a las mismas hadas. Su admirable barbilla era semejante al pozo de José; los bucles de sus cabellos herían cien corazones; cada uno de sus cabellos se apoderaba de una vena animada. La luna de su rostro era semejante al paraíso y sus cejas parecían dos arcos. Cuando lanzaba flechas de estos arcos, el intervalo de los dos arcos recitaba él mismo sus alabanzas. Sus ojos, lánguidos como narcisos, echaban las espinas de las pestañas en el camino de muchos sabios. El rostro de esta dama, parecido a Azra en la superficie del sol, desfloraba la luna del firmamento. El ángel Gabriel estaba en constante admiración de las perlas de sus dientes y de los rubíes de sus labios, que eran el alimento del alma. Cuando la sonrisa animaba sus labios, el agua de la vida perecía desecada, pues tanto se alteraba y pedía limosna a estos mismos labios.

Cualquiera que miraba su barbilla caía de cabeza al fondo del pozo que se encontraba allí y, siendo presa de su rostro semejante a la luna, pronto alcanzaba sin cuerda el fondo de este pozo...

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