Simbolismo en las Miniaturas Persas (Primera parte)

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Simbolismo en las Miniaturas Persas (Primera parte)

 

Al-Ammusuîn

 

"No mires la asamblea sufí, no mires la taberna, te digo que Dios es testigo que allá

donde Él esté yo le sigo"

                                                             Hâfez

 

La presente miniatura nos muestra a un hombre santo sentado en una posición elevada con respecto a los demás personajes. Destacan a primera vista los colores rojos de su túnica que como ya lo mencionamos designa la estación del corazón, que como lo señala el Dr. Husayn Ilahi–Ghomshei, “la religión del amor es la senda del místico”, la de aquellos que han triunfado sobre el yo, a través del conocimiento de Él; simbolizando la luz de la inteligencia, como lo expresa en forma magistral la hermosa súplica de Kumail Ibn Ziad «y a las mentes que abarcaron tanto conocimiento de Ti hasta que se hicieron (verdaderamente) humildes». Su túnica está cubierta por una capa verde que indica que este hombre santo ha alcanzado la última estación (maqâm), lo que lo señala como un íntimo de Dios (Walîul-lâh). Este estado espiritual es reforzado por la expresión de su rostro, que expresa una quietud del alma (motma´yanna). No haremos mención del simbolismo obvio del color verde asociado al islam y más específicamente a la gente de la casa profética (Ahlut Bait).

Su turbante es de un blanco perla, más opaco que el de los demás personajes, debido a que simboliza la estación del secreto (sirr) que va unida a la condición de “realeza”. Es a través de la posesión de dicho “secreto” que la realeza se manifiesta: El turbante blanco cuya forma se eleva al cielo, simboliza el Gloria (Xvarnah), la luz celestial; la señal de la nobleza, en el sentido de puente de unión entre los hombres y Dios; siendo el signo visible y la garantía del favor divino; además este retocado con unas plumas de color negro, uno de los símbolos del mítico pájaro Simurgh. Su mirada llena de Benevolencia (Ihsân) se fija con atención en los dos personajes que están frente a él, su mano derecha se proyecta hacia ellos con su gesto de querer dar o entregar algo, mientras que su mano izquierda está cerrada apuntando hacia abajo. Vemos como este guía espiritual (alhidaiah al-batimah) desea entregar a estos hombres algo a pesar de que ellos parecen no “percatarse” de su presencia; él les ofrece un don, un secreto, un llamado a abrir su visión interior (basirah) e iniciarse en las apercepciones visionarias ( maqâm al-moshâhada ), vía que los personajes ignoran o no puede percibir, pues aún están cautivos de una ceguera espiritual (dalâl) mientras su mano izquierda indica una escala que esta frente a los personajes, invitándolos a acompañarle, a elevarse desde el mundo material (´alam-e tab) a los reinos suprasensibles (al-malakut al-a´la) e invisibles (´alam al-gaib). Como escribió el gran Hafez «Tú eres el velo del camino, ¡Oh Hafez! ¡Levántate del medio! Bienaventuranza para aquel que marcha sin velo por el camino».

Es de hacer notar que los personajes están de pie sobre una superficie de azul claro, que como recordaremos designa la puerta de acceso a los reinos suprasensibles, mientras que el hombre santo está sentado en un receptáculo de color azul profundo; pues él es un ser de dichos reinos.

Este hombre santo, no puede sin embargo ser confundido con un maestro espiritual (pir-e tariqat), sino más bien representa al Tayadî, la primera manifestación de Dios. Vemos como toda la composición confluye en torno a la figura del Tayadî, siendo este un polo, un eje a través del cual se articula la creación misma, que está representada por el paisaje que sirve como telón de fondo de la pintura. También el color verde de su capa nos remite al profeta Jidr (p), quién es el maestro de la iniciación que procede de lo alto, sin mediación humana, es el maestro de la senda sin cadena, el que conduce directamente a los palacios de castillos de verde turquesa, parafraseando a H. Corbin. La figura del maestro espiritual está claramente representada al costado inferior derecho, por un anciano de barba blanca, que a diferencia de la figura del Tayadî, cuyo cuerpo es el contenedor de la gnosis (irfân), luce en su cabeza sobre el turbante, una prominencia de un color púrpura rojizo, que indica su conexión con la luz de la Inteligencia, su carácter de mediador entre el macrocosmo (insân kabîr) y el microcosmo (nafs lawwâma). Este maestro que avanza sigilosamente ataviado de una capa azul, símbolo de su triunfo sobre la psiquis inferior (nafs ammâra), proyecta su mirada hacia la nada, al vacío; no deteniendo su mirada ante este mundo, pues sabe que la nada realmente está escondida en el entorno que lo rodea en este momento. El maestro al proyectar su mirada más allá de lo aparente, nos indica que ha alcanzado el estado de un íntimo de Dios (Walîul-lâh). El maestro es capaz de ver las cosas con los ojos de la Certeza (‘ayn al-yaq´n). Me permitiré citar un hadiz que nos ilustrará más este tema: «Nada de lo que acerca a Mi esclavo a Mí es más de Mi agrado que el cumplimiento de las obligaciones que Le he impuesto. Además, Mi esclavo no cesa de acercarse a Mí mediante prácticas supererogatorias hasta que Yo le amo; y cuando Le amo, soy el oído por el que oye, la vista por la que ve, la mano con la que agarra, el pie con el

que anda».

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