Poesía

El mercader necio

Topé con un mercader que tenía ciento cincuenta camellos cargados y cuarenta esclavos como sirvientes. Una noche, en la isla de Kish, me llevó hasta su aposento. No descansó en toda la noche, pues estuvo profiriendo desatinos como: «Tengo un almacén en el Turquestán, tal mercancía se encuentra en la India, esto es el pagaré de tales tierras, este otro de tal género y este documento es de tal aval». Algunas veces decía: «Me gustaría viajar a Alejandría pues tiene un clima agradable». Para continuar: «No, que el mar del Magreb está muy agitado. ¡Oh, Sa’dí! Tengo a la vista un viaje que, si lo hago, pasaré el resto de mis días retirado».

El mal día del pescador

Un pez fuerte cayó en la red de un pescador débil. Este no podía sostenerlo, así que el pez acabó por vencerle, le quitó la red y se le escapó.

Un efebo fue a por agua a un torrente,

vino el agua y se lo llevó la corriente.

La red siempre traía un pez,

esta vez el pez se llevó la red.

No siempre el cazador trae una fiera,

deja que un día le hiera una pantera.

La aventura sin fin

Bienvenido, oh pájaro de agüero y mensaje alegre,

di, ¿qué noticias traes, dónde está el amigo, cuál es el amado?

¡Oh Dios!, que acompañe a esta caravana la gracia inicial,

hizo caer en la trampa al enemigo y al amado puso de nuestro lado.

La aventura entre el amado y yo no tiene fin,

pues fin no tiene lo que no tiene principio.

La flor superó el límite del orgullo, en un suspiro muestra tu rostro.

El ciprés presume y se excede, por Dios camina donairoso.

Mientras el bucle del amado anuda como un cíngulo,

vete, maestro, que el hábito para nuestro cuerpo ya no es lícito.

El ave de mi espíritu, que en el árbol del séptimo cielo cantaba,

por el lunar de tu rostro al fin ha caído en la trampa.

Mis ojos enfermos no concilian el sueño.

Anécdota sobre un criminal

Un hombre culpable de muchas faltas se arrepintió de ellas amargamente y volvió al recto camino. Su alma concupiscente recuperó fuerzas otra vez; anuló su penitencia y se entregó a sus malas inclinaciones. Así dejó de nuevo la buena vía y cayó en toda clase de acciones criminales. Más tarde, el dolor le apretó el corazón y la vergüenza lo redujo al estado más penoso.

Cuando su única posesión fue la desesperación, quiso arrepentirse de nuevo; pero no tuvo la fuerza. Día y noche, como los granos de trigo en la sartén, tenía el corazón lleno de fuego y lágrimas de sangre en los ojos. Con el agua de sus lágrimas quitaba el polvo que había manchado su camino.

La discusión inútil

Un seminarista eminente se puso a debatir con un incrédulo. En resolución, aquél no pudo argumentarle, se rindió y se marchó. Alguien le dijo: «Tú, con toda tu erudición y saber no has podido con un incrédulo». Respondió: «Mi ciencia es el Corán, los hadices y las máximas de los santos, y él no cree ni ha creído en éstas. ¿De qué me sirve a mí oír sus blasfemias?».

A quien no puedas argüir con Corán y hadices,

su respuesta es que no respondas a lo que dice.

Meditación del poeta

Cuando la espada de los sesenta años se cierne sobre la cabeza de un hombre, no le trae vino, pues ya está borracho por sus años. La edad ha puesto en mi mano un bastón en lugar de una rienda; mis riquezas se han disipado, la fortuna me ha dejado. Soy como un soldado colocado en un claro en lo alto de una montaña: ve llegar un ejercito inmenso, pero no puede tirar de la rienda de su caballo para hacerle volver y huir ante sus enemigos, aunque las puntas de sus lanzas toquen las pestañas de sus ojos.

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