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Anónimo

La pulsera de tobillo

Autor: 

Se dice, entre lo que se dice, que en una ciudad había tres hermanas, hijas del mismo padre, pero no de la misma madre, que vivían juntas hilando lino para ganarse la vida. Y las tres eran como lunas; pero la más pequeña era la más hermosa y la más dulce y la más encantadora y la más diestra de manos, pues ella sola hilaba más que sus dos hermanas reunidas, y lo que hilaba estaba mejor y sin defecto por lo general. Lo cual daba envidia a sus dos hermanas, que no eran de la misma madre.

Picar para curar

Autor: 

Había una vez dos personajes en la ciudad de Bistam que se aborrecían mutuamente debido a una vieja rivalidad. Ambos, casualmente, querían estudiar los secretos del orígen y el destino del hombre con el renombrado sabio Alí Beg, cuyo domicilio estaba en un lugar lejano de Persia. Pero Alí, antes de verlos, escribió a otro sabio, Ibn Hamza, que vivía cerca de Bistam, y le pidió que hablase con ellos en su nombre. Pero ambos rehusaron visitar a Ibn Hamza.

El primer personaje dijo:

- Yo quiero la raíz, no la rama.

El segundo dijo:

- Ibn Hamza es un don nadie.

Entonces Ibn Hamza comenzó a esparcir rumores insultantes acerca de los dos postulantes a iluminados.

Historia de Abdula, el mendigo ciego (de “Las Mil y Una Noches”)

Autor: 

El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:
-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.
Una tarde que volvía de Basora con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Basora. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él ...

Historia de Abul Hussein

Autor: 

Se cuenta -pero Allah es más sabio- que en la ciudad de Kaukabán, en el Yamán, había un beduino de la tribu de los Fazli, llamado Abul-Hossein, quien ya hacía largos años que abandonó la vida de los beduinos, y se había convertido en un ciudadano distinguido y en un mercader entre los mercaderes más opulentos. Y se casó por primera vez en la época de su juventud; pero Allah llamó a la esposa a Su misericordia al cabo de un año de matrimonio.

Historia de la Docta simpatía

Autor: 

Ella le contestó: "¡Oh señor! estudié la sintaxis, la poesía, el derecho civil y el derecho general; la música, la astronomía, la geometría, la aritmética, la jurisprudencia desde el punto de vista de las sucesiones, y el arte de descifrar las escrituras mágicas y las inscripciones antiguas. Me sé de memoria el Libro Sublime y puedo leerle de siete maneras distintas; conozco exactamente el número de sus capítulos, de sus versículos, de sus divisiones, de sus diferentes partes y sus combinaciones, y cuantas líneas, palabras, letras consonantes y vocales encierra: recuerdo con precisión qué capítulos se inspiraron y escribieron en la Meca y cuáles otros se dictaron en Medina; no ignoro las leyes y los dogmas, sé distinguirlos con las tradiciones y diferenciar su grado de autenticidad; no soy una profana en lógica, ni en arquitectura, ni en filosofía, como tampoco en lo que afecta a la elocuencia, al lenguaje escogido, a la retórica y a las reglas de los versos, los cuales sé ordenar y medir sin omitir ninguna dificultad en su construcción; sé hacerlos sencillos y fluidos, como también complicados y enrevesados para deleitar sólo a las gentes delicadas; y si a veces pongo en ellos oscuridad, es para fijar más la atención y halagar al espíritu, que despliega por último su trama sutil y frágil; en una palabra, aprendí muchas cosas y retuve cuanto aprendí.

Cita en Samarra

Autor: 

En un oscuro y estrecho callejón de Bagdad, un hombre baja corriendo despavorido unas escaleras de piedra. El hombre, presa del terror, entra repentinamente en una casa mientras exclama:

— ¡Maestro! ¡Maestro! Ahora… ¡tiene que salvarme, señor!

— ¡Hakim! -exclama el viejo mercader, que, sorprendido, deja a un lado sus anotaciones-. -¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

Henry Corbin y su obra

Autor: 

Henry Corbin nace en París el 14 de abril de 1903. Tras una infancia algo complicada por problemas de salud, cursa estudios de filosofía en la Universidad de París. Sus años universitarios y pos universitarios se nos presentan como una encrucijada de caminos que van a determinar su trayectoria vital: Gilson y el mundo medieval, Bréhier, con Plotino y las Upanishads, Massignon y el descubrimiento de Sohrawardí, Baruzi y la teología protestante, Cassirer y el pensamiento mítico, Heidegger y la fenomenología...

En 1925 sigue un curso de Gilson en la École Pratique des Hautes sobre el avicenismo latino en la Edad Media. De entonces data su primer contacto con la angelología por la que de inmediato muestra un interés que no le abandonará ya a lo largo de su vida. Había seguido igualmente un curso de Émile Bréhier sobre neoplatonismo y Vedanta, y su atención parece en principio escindirse entre la India y el Islam; de ahí que comience a estudiar simultáneamente árabe y sánscrito, aunque su  aventura India  se iba a desvanecer pronto. De esa Época data también el comienzo de su larga amistad con los hermanos Baruzi, Joseph, musicólogo, y Jean, que llegaría a ser autor de la conocida monografía sobre san Juan de la Cruz. En 1928 realiza el trabajo Estoicismo y agustinismo en el pensamiento de Luis de León que obtendr· un premio concedido por la Universidad de Salamanca.

Historia de Abdula, el mendigo ciego

Autor: 

El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:

-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.

Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:

-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos separaremos, tomando cada cual su camino.

Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido esa ocasión...

Abu’l-Qāsem Ferdowsī, el gran poeta persa

Autor: 

«Abu’l-Qāsem Ferdowsī» no es sino un conjunto de seudónimos que conforman en nombre de este famoso autor, de cuya identidad real poco se sabe. Abu’l-Qāsem es la forma árabe (kunyah) de nombrar a los padres, pero refiriéndose al mayor de sus hijos. Abu es «padre», y al-Qāsem/Qāsim el nombe de su primogénito. Según una leyenda recogida en la introducción del Šāh-nāmeh de Florencia, el más antiguo que se conserva, cuando el poeta acudió a la corte del sultán Maḥmūd para presentar su obra, este quedó tan complacido que lo nombró Ferdowsī, «paradisíaco», y de esta manera obtuvo su seudónimo. No obstante, Djalal Khaleghi-Motlagh insiste en el carácter de leyenda de este episodio, recordando que el motivo de la elección no está claro realmente.

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