La princesa enamorada de su esclavo

LA PRINCESA ENAMORADA DE SU ESCLAVO

Un rey cuyo imperio se extendía por los horizontes tenía una hija hermosa como la luna, que vivía en su palacio. Por su belleza, avergonzaba a las mismas hadas. Su admirable barbilla era semejante al pozo de José; los bucles de sus cabellos herían cien corazones; cada uno de sus cabellos se apoderaba de una vena animada. La luna de su rostro era semejante al paraíso y sus cejas parecían dos arcos. Cuando lanzaba flechas de estos arcos, el intervalo de los dos arcos recitaba él mismo sus alabanzas. Sus ojos, lánguidos como narcisos, echaban las espinas de las pestañas en el camino de muchos sabios. El rostro de esta dama, parecido a Azra en la superficie del sol, desfloraba la luna del firmamento. El ángel Gabriel estaba en constante admiración de las perlas de sus dientes y de los rubíes de sus labios, que eran el alimento del alma. Cuando la sonrisa animaba sus labios, el agua de la vida perecía desecada, pues tanto se alteraba y pedía limosna a estos mismos labios.

Cualquiera que miraba su barbilla caía de cabeza al fondo del pozo que se encontraba allí y, siendo presa de su rostro semejante a la luna, pronto alcanzaba sin cuerda el fondo de este pozo.

Había también al servicio del rey un esclavo hermoso como la luna; ¡pero qué esclavo! pues tal era su belleza que el sol y la luna experimentaban aminoración y disminución.

No había otro igual en toda la superficie del mundo y ninguna fama de belleza era parecida a la suya. En las calles y los mercados, miles de personas se quedaban estupefactas a la vista del sol de este rostro.

Por azar, habiendo visto un día la hermosa princesa a este joven esclavo del rey, se le escapó el corazón de sus manos y cayó en la sangre. Su razón la dejó y se fue: el amor la dominó. Su alma dulce como Schirin fue perturbada por la amargura. Por algún tiempo reflexionó para sí y al final tomó la impaciencia como ocupación. Su corazón, lleno de deseos, fue al mismo tiempo dulcificado por el amor y quemado por la ausencia.   Ella tenía diez damas de honor, buenas músicas que cantaban admirablemente; todas tocaban el caramillo, tenían la voz del ruiseñor y su canto, digno de David, dilataba el alma. Enseguida las hizo partícipes de su estado y les dijo que estaba dispuesta a renunciar a su fama, a su honor y a su vida. ¿Cómo iba a ser buena para algo la vida de aquel en el que el amor

sensible se ha manifestado? "Si le hablo de mi amor a este joven -añadió-, se hará culpable de alguna falta, pues no actuará con prudencia. Mi honor también experimentará un perjuicio, ¿pues cómo puede una persona como yo ponerse en relación con un esclavo? Pero, por otro lado, si no le hago conocer el sentimiento que experimento, moriré entre gemidos detrás de la cortina del harem. He leído cien volúmenes sobre la paciencia; no obstante estoy sin paciencia y desanimada. ¿Qué debo hacer? Lo que yo querría sería gozar de la presencia de este esclavo, de este esbelto ciprés, sin que él se enterara de ello, de manera que alcanzara mi objetivo y que el asunto de mi alma ocurriera según el deseo de mi corazón."

Cuando las damas de honor de dulce voz hubieron oído este discurso, dijeron todas a su dueña: "No entristezcas tu corazón, por la noche te llevaremos a escondidas a este esclavo, de tal forma que ni él mismo sabrá nada".

Una de estas chicas se acercó en secreto al esclavo y le pidió, como para divertirse con él, que le llevara dos copas de vino.

En una de las dos copas echó una droga narcótica y, en efecto, cuando el esclavo bebió este vino, perdió el sentimiento y la bonita dama de honor pudo así llevar a cabo con éxito su empresa. Desde este momento del día hasta la noche, este esclavo de pecho de plata permaneció en la embriaguez y estuvo sin noticias de los dos mundos. Cuando llegó la noche, las otras chicas vinieron indolentemente adonde estaba el esclavo, después lo colocaron en su cama y secretamente lo transportaron delante de la princesa. Enseguida le hicieron sentarse en un trono de oro y le pusieron perlas en la cabeza. A medianoche, cuando este joven, aún medio ebrio, abrió por completo los ojos, parecidos  a narcisos, vio que estaba en un palacio tan hermoso como el paraíso y que alrededor de él había sillas doradas. Diez velas perfumadas de ámbar estaban encendidas, la odorífera madera de áloe ardía en los perfumadores como madera ordinaria. Estas hermosas damas de honor entonaron al unísono un canto que hizo tomar licencia de la razón al espíritu y del alma al cuerpo. En esta noche, el sol del vino circuló a la luz de las velas. En medio de toda esta alegría y de los deseos que le agitaban, el joven esclavo perdió la razón, se deslumbró por completo con la belleza del rostro de la princesa. Desconcertado y estupefacto, no le quedó ni razón ni vida; en realidad no estaba ya en este mundo y sin embargo no estaba en el otro. Con el corazón lleno de amor y su lengua muda, su alma, en las delicias, cayó en el éxtasis. Tenía los ojos pegados a las mejillas de su amada y sus oídos al sonido del caramillo. Su nariz respiraba el olor del

ámbar y su boca encontraba en el vino un líquido de fuego. En efecto, la princesa le ofrece una copa de vino y al dársela le da un beso. El ojo del esclavo se quedó fijo en el rostro de la hermosa princesa; se maravilló ante esta vista. Como su lengua no podía expresar lo que sentía, derramaba lágrimas y se golpeaba la cabeza. A cada instante, esta princesa, hermosa como una pintura, derramaba miles de lágrimas sobre el rostro del esclavo. Tanto imprimía un beso dulce como el azúcar sobre sus

labios, tanto deslizaba en ellos inhumanamente sal, tanto desordenaba sus largos cabellos, tanto se perdía en sus hermosos ojos. Este joven, ebrio, estaba, pues, ante esta encantadora princesa, con los ojos abiertos, ni dueño de él ni fuera de sí.

Permaneció así en esta especie de visión hasta que la aurora apareció por completo en el oriente. En ese momento, cuando sopló el céfiro matinal, el bello esclavo cayó en un estado de desolación inexplicable; pero, cuando se volvió a dormir por el efecto de una nueva poción narcótica, de nuevo lo transportaron prestamente adonde estaba anteriormente. Después, cuando este esclavo del pecho de plata volvió un poco en sí, se puso a gritar sin saber de qué se trataba. Pero, se dirá: "La cosa se acabó, ¿para qué gritar?" La sangre parecía haber dejado su corazón y sin embargo estaba inundado por ella y la tenía hasta por encima de la cabeza. Con su mano desgarró el vestido que cubría su cuerpo; se desordenó por completo los cabellos y se echó tierra por la cabeza. Le preguntaron a este joven parecido a una vela lo que le había ocurrido. "Me es imposible -respondió-, expresarlo convenientemente, pues lo que positivamente he visto, estando ebrio y desolado, no lo verá nadie nunca, ni siquiera en sueños. Lo que me ha ocurrido personalmente a mí, admirado de mí, no le ha ocurrido nunca a nadie. No sabría decir lo que he visto; ningún secreto es más asombroso."

Sin embargo, cada uno le decía: "Vuelve un poco en ti y dinos al menos una cosa de las cien admirables que has visto".

El respondía: "Estoy desconcertado como un hombre sobresaltado, porque he visto todo esto en otro cuerpo. No he oído nada aunque haya oído todo; no he visto nada, aunque haya visto todo".

Alguien le dijo con tono despreocupado: "¿Has visto, pues, todo eso en sueños, puesto que estás tan turbado que pareces haber perdido el espíritu?" -" ¡Ah! -respondió-, ignoro si lo que he visto lo he visto en sueños o despierto. Ignoro si lo he visto en la embriaguez, o si lo he oído contar estando en plena posesión de mis facultades. No hay en el mundo estado más asombroso que un estado de cosas que no es ni manifiesto ni escondido. No puedo ni hablar ni callarme, ni siquiera estar asombrado en esta incertidumbre. Lo que he visto no está borrado de ninguna forma de mi espíritu y sin embargo no encuentro ninguna huella de ello.

"He visto una dama cuya perfección nunca alcanzará nadie. ¿Qué es el sol ante su cara, sino un átomo? Pero Dios conoce, por lo demás, la verdad. Puesto que estoy en la ignorancia sobre este tema, qué más puedo decir, si no es que en efecto la he visto. Sin embargo, ya la haya visto o no, estoy confuso en medio de todo esto."

 

Fuente: El Lenguaje de los Pájaros, Autor: Farid Uddin Attar, Traducción: Josefa García, Editorial Las Torres, Barcelona, 1986

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