La tercera historia de las historias de Sindbad el marino, que trata del tercer viaje

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La tercera historia de las historias de Sindbad el marino, que trata del tercer viaje

Sabed, ¡oh mis amigos! - ¡pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura! --- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las riquezas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez.

En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve debía yo comprobarlo del modo más espantoso.

Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra.

Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, toda gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no bien me encontré a bordo, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.

Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos los, lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos sin cesar.

Y nada, verdaderamente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del desahogo y la opulencia.

Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países musulmanes, cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante largo tiempo el horizonte.

Luego empezó a lamentarse, a gemir y a lanzar gritos de desesperación.

Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: "¿Qué pasa, ¡oh capitán!?" Contestó: "Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos a merced del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio!"

Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y más innumerable que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de la isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaban chillidos que nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera espantar a ninguno de ellos, por miedo a que se abalanzasen todos sobre nosotros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la certidumbre de esta superioridad numérica aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningún movimiento, aunque por todos lados nos invadían aquellos monos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto nos pertenecía.

Eran muy feos. Eran; incluso, más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras negras; ¡tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y sus gritos resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse!

Por lo que afecta a su lenguaje, en vano nos hablaban y nos insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles, a pesar de la atención que a tal fin poníamos. No tardamos, por desgracia, en verles ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los dientes todas las amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos apoderárnosle de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente, nos dejaron en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner a flote, y desaparecieron todos en él a lo lejos del mar.

Entonces, en el límite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más posible una muerte que todos creíamos segura.

Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de acercarnos a él, y cuando llegamos a alcanzarle, advertimos que era un palacio.

Fuente: Editorial Verbum, España

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