Anónimo

Historia del monasterio

Autor: 

 "Sabed que he permanecido mucho tiempo en los Santos Lugares, en compañía de hombres piadosos e ilustres, y vivía muy modesta­mente, sometiéndome a ellos, pues Alah el Altísimo me ha concedido el don de la humildad y la renunciación. Y hasta pensaba pasar el resto de mis días de la misma manera entre la tranquilidad y el cumpli­miento de los deberes piadosos y la paz de una vida sin incidentes. Pero no contaba con el Destino.
"Una noche llegué a orillas del mar, que hasta entonces no había visto nunca, y sentí una fuerza irresistible que me impulsaba a andar por encima del agua. Me lancé a ello resueltamente, y con gran asom­bro mío me sostenía sobre el agua, sin hundirme y sin mojarme si­quiera los pies desnudos. ...

HISTORIA DE AZIZ Y AZIZA Y DEL HERMOSO PRINCIPE DIADEMA

Autor: 

 

       "Había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y del momento una ciudad entre las ciudades de Persia, detrás de las montañas de Ispahán. Y el nombre de esta ciudad era la Ciudad Verde. El rey de esta ciudad se llamaba Soleimán-Schah. Estaba dotado de grandes cualidades de justicia, de generosidad, de prudencia y de saber. Así es que desde todas las comarcas afluían viajeros a su ciudad, pues su fama se había extendido mucho e inspiraba confianza a las caravanas y los mercaderes.

       Y el rey Soleimán-Schah siguió gobernando de este modo, rodeado de prosperidades y del afecto de todo su pueblo. Pero sólo faltaba a su dicha una mujer que le diera hijos, pues era soltero.

       Y el rey Soleimán-Schah tenía un visir que se le parecía mucho, por su liberalidad y por la bondad de su corazón. Y un día en que su soledad se le hacía más pesada que de costumbre, mandó llamar el rey a su visir, y le dijo: "¡Oh mi visir, he aquí que se agota mi paciencia, y mis fuerzas disminuyen, y como siga así, no me quedará más que el pellejo sobre los huesos! Porque veo ahora que el celibato no es un estado natural, sobre todo para los reyes que han de transmitir un trono a sus descendientes.    Además, nuestro bendito Profeta, ¡sean con él la plegaria y la paz! ha dicho: "¡Copulad y multiplicad vuestros descendientes, porque vuestro número ha de glorificarme ante todas las razas el día de la Resurrección! Aconséjame, pues, ¡oh mi visir! y dime tu parecer".

       Entonces el visir dijo: "Verdaderamente, ¡oh rey!, ésta es una cuestión muy difícil, y de una delicadeza extraordinaria. Trataré de satisfacerte, sin salirme de la vía prescrita. Sabe, pues, ¡oh rey! que no sería de mi gusto que una esclava desconocida llegase a ser tu esposa, porque ¿cómo podrías conocer su origen, la nobleza de sus ascendientes, la pureza de su sangre y los principios de su raza? ¿Y cómo podrías conservar intacta la unidad de sangre de sus propios antecesores? ¿No sabes que el hijo que nazca de tal unión sería un bastardo lleno de vicios, embustero, sanguinario y maldito por Alah, a causa de sus abominaciones futuras? Sería como la planta que crece en terreno pantanoso, y que

cae podrida antes de llegar a su total crecimiento. Así es que no esperes de tu visir el servicio de comprarte una esclava, aunque fuese la joven más hermosa de la tierra; pues no quiero ser origen de desgracia, ni soportar el peso de los pecados, cuyo instigador sería este servidor tuyo. Pero si quieres hacer caso a mis barbas, sabe que mi opinión es que escojas, entre las hijas de los reyes, una esposa cuya genealogía sea conocida y cuya belleza se presente como modelo ante todas las mujeres".

       Entonces el rey Soleiman-Schah exclamó: "¡Oh mi visir! ¡si logras encontrar semejante mujer, estoy dispuesto a tomarla por esposa legítima, a fin de atraer sobre mi raza las bendiciones del Altísimo!" Al oírlo dijo el visir: "El asunto está ya arreglado, gracias a Alah". Y el rey exclamó: "¿Cómo es eso?" Y prosiguió el visir: "Sabe, ¡oh rey! que mi esposa me ha dicho que el rey Zhar-Schah, señor de la Ciudad Blanca, tiene una hija de belleza tan ejemplar, que supera a todas las palabras, pues mi lengua se haría peluda antes de poderte dar la menor idea de ella".

       Y el rey exclamó: "¡Ya Alah!" Y prosiguió el visir: "Porque ¿cómo podría hablarte dignamente de sus ojos, de sus párpados oscuros, de su cabellera, de su talle y de su cintura, tan fina que casi no se ve? ¿Cómo describirte el desarrollo de sus caderas y de lo que las sostiene y redondea? ¡Por Alah! ¡Nadie puede acercársele sin quedarse inmóvil, como nadie puede mirarla sin morir! Y de ella ha dicho el poeta:

 

       ¡Oh virgen de vientre de armonía! ¡Tu cintura desafía a la rama de sauce y a la misma esbeltez de los álamos del paraíso!

 ¡Tu saliva es miel silvestre! ¡Moja en ella la copa, endulza el vino, y dámelo después! ¡Oh hurí! ¡Pero sobre todo te ruego que abras los labios y regocijes mis ojos con sus perlas!

RELATO DEL INTENDENTE DEL REY DE LA CHINA (Primera parte)

Autor: 

 

       "Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche última me convidaron a una comida de boda a la cual asistían los sabios versados en el Libro de la Nobleza. Terminada la lectura del Corán, se tendió el mantel, se colocaron los manjares y se trató todo lo necesario para el festín.

        Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado con ajos, que se llama rozbaja, y que es delicioso si está en su punto el arroz y se han dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan.  Todos empezamos a comerlo con gran apetito, excepto uno de los convidados, que se negó rotundamente a tocar este plato de rozbaja. Y como le instábamos a que lo probase, juró que no haría tal cosa. Entonces repetimos nuestro ruego, pero él nos dijo: "Por favor, no me apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia de probarlo". Y recitó esta estrofa:

 

      ¡Si no quieres tratarte con el que fue tu amigo y deseas evutar su saludo, no pierdas el tiempo en inventar estratagemas: huye de él!

 

El hombre de vida inexplicable

Autor: 

Había una vez un hombre llamado Moyut. Vivía en una aldea en la que había obtenido un puesto como pequeño funcionario y parecía muy probable que fuese a terminar sus días como inspector de pesas y medidas. Una tarde, cuando estaba caminando por los jardines de un viejo edificio cerca de su casa, el Jádir -misterioso guía de los sufíes- se le apareció vestido con una túnica de brillante verde. Moyut se encontró con el Jádir y el Jádir le dijo:

-Hombre de brillantes perspectivas, deja tu trabajo y encuéntrame junto a la ribera del río dentro de tres días.

El rey, el cirujano y el sufí

Autor: 

En la antigüedad, un rey de Tartaria estaba paseando con algunos de sus nobles. Al lado del camino se encontraba un Abdal (un sufí errante), quien exclamó:

-Le daré un buen consejo a quienquiera que me pague cien dinares.

El Rey se detuvo y dijo:

-Abdal, ¿cuál es ese buen consejo que me darás a cambio de cien dinares?

-Señor -respondió el Abdal-, ordena que se me entregue dicha suma y te daré el consejo inmediatamente.

El Rey así lo hizo, esperando escuchar algo extraordinario.

El sufí le dijo: ...

EL PESCADOR Y EL JINNI (Segunda parte)

Autor: 

 

Se despojó luego de sus vestiduras y zambulléndose junto a la red trabajó arduamente hasta llevarla a tierra. Abrió entonces las mallas y halló dentro una vasija de cobre amarillo con forma de pepino que evidentemente contenía algo y cuya boca estaba amordazada con una tapadera de plomo, estampada con el sello del anillo de nuestro señor Salomón, hijo de David (¡Que Alá acoja a ambos en su seno!). Congratulase el pescador al verlo y dijo: «Si lo vendo en el mercado de calderos me valdrá diez dinares de oro». La sacudió y al advertir que era pesada prosiguió: «Quiera el cielo que sepa lo que hay dentro. Pues debo y quiero abrirlo y ver lo que contiene y guardármelo en la bolsa y luego ir a venderla en el mercado de calderos». Y tomando un cuchillo lo aplicó al plomo hasta desprenderlo de la vasija; depositó entonces el jarrón en el suelo y lo sacudió a fin de que cayera lo que había dentro. No halló cosa alguna, de lo que se maravilló sobremanera.

  

EL PESCADOR Y EL JINNI (Primera parte)

Autor: 

 

   Ha llegado a mis oídos, ¡oh magnánimo rey!, que había un pescador ya bien entrado en años que tenía esposa y tres hijos y hallábase además sumido en la pobreza. Tenía por costumbre echar su red cuatro veces al día y nada más. Cierta jornada, encaminóse en pleno mediodía a la orilla del mar, donde, tras depositar su cesto y aligerarse de ropa, se introdujo en las aguas, arrojó la red y aguardó a que esta tocara fondo. Reunió entonces los cabos y tiró de ella, hallándola muy pesada; aunque puso todo su empeño no consiguió sacarla; tomó entonces los cabos, clavó una estaca en tierra y amarró a ella la red. Desnudóse luego y se zambulló en las aguas donde estaba la red y no cesó en su laborioso esfuerzo hasta que la hubo llevado a tierra. Gozóse con ello y volviendo a vestirse fuese hacia la red, en la cual halló un asno que había destrozado las mallas. Al ver aquello, en su aflicción exclamó: «¡No hay Majestad y no hay Poder sino en Alá el Glorioso, el Grande!» Luego dijo: «Una extraña clase de pan cotidiano es esta», y comenzó a recitar en improvisados versos:

Šāh-nāmeh; «El Libro de los Reyes»

Autor: 

Estudiar el Šāh-nāmeh de Ferdowsī es al mismo tiempo estudiar la tradición literaria de los siglos anteriores, la presencia de la poesía dentro de las cortes de estas dinastías que clamaban ser persas, y, sobre todo, es intentar comprender qué quisieron transmitir realmente los poetas cuando crearon estas magníficas historias. Porque, ciertamente, lo primero que se tiene que destacar del Šāh-nāmeh es que su producción no fue espontánea u original.

Hacia el final del periodo Sasánida se compuso una obra con relatos legendarios y semi-legendarios que comenzaban con Alejandro Magno y cuyo argumento orbitaba alrededor de una serie de reyes, un compendio acerca de la historia de Persia, en pahlavi. El nombre original era Khwadāy-nāmag, y se incluía dentro de la literatura de andarz mencionada en el capítulo anterior. Ibn al-Muqaffa‘(† ca. 756-57) [1] tradujo al árabe esta obra [2], que pasó a llamarse Siyar al-mulūk, «La conducta de los reyes» [3]. Según François de Blois, existieron al menos cuatro versiones de «El Libro de los Reyes» antes de que Ferdowsī escribiese la suya, y que estas fueron las fuentes en las que el poeta se basó para completar su gran obra. Estas son el Šāh-nāmeh de Mas’udī al-Marwazī –compuesto probablemente antes de 966–, la versión presumiblemente en prosa de Abū l’-Mu’aiyad al-Blakhī del periodo Sāmāní, el incompleto traspaso a verso de Daqīqī, probablemente del mismo momento, o la más importante de ellas, según de Blois, preparada por el gobernador de Ṭūs, Abū Manṣūr Muḥammad ibn ‘Abd al-Razzāq, en 957[4]. Sin poder profundizar en este aspecto, la atención se centrará a partir de ahora en su propia versión del Šāh-nāmeh, la más conocida y aquella donde encontramos a Simurgh...

Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema

Autor: 

"Cuando el príncipe Diadema hubo oído esta admirable historia, y se enteró de cuán deseable y cuán interesante era la princesa Donia, y de cuán bellas cualidades poseía, así como su sapiencia en el arte del bordado, sintió dominado su corazón por un amor desbordante, y resolvió hacer todo lo posible para llegar junto a la princesa.

Y llevó con él al joven Aziz, del cual ya no quería separarse. Montó otra vez a caballo, y emprendió nuevamente el camino de la ciudad de su padre el rey Soleimán-Schah, señor de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán...

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