Saadi Shirazi

Historia de la bandera

Escucha esta historia, cómo en Bagdad  entre una bandera y un telón hubo una discusión. La bandera, llena de polvo y cansada de trotar, en tono de censura le dijo al telón: «Tú y yo somos sirvientes sumisos, ambos somos esclavos del umbral del rey. Yo no descanso un instante en su servicio y de vez en cuando de viaje me veis. Tú no has sufrido ni has estado bajo asedio, no has visto polvo, viento, ni desierto, y en esfuerzo yo te llevo un trecho. Entonces, ¿por qué tú tienes más privilegios? Tú cubres a los efebos de rostro alunado y estás con las esclavas de aroma ajazminado, mientras que yo caigo en manos de vulgares pajes y siempre estoy errabundo y de viaje».

Respondió: «Tengo la cabeza en el umbral inclinada, no la tengo como tú, al cielo empinada. Todo quien por vanidad alce el cuello, finalmente acaba humillado por ello».

El derviche en la cueva

Oí que un derviche se había alojado dentro de una cueva. Había cerrado sus puertas a lo mundanal y reyes y ricos no significaban nada para él ni tenían dignidad ante sus ojos.

Quien abre las puertas a la mendicidad

será un menesteroso mientras viva.

Sé como un rey y deja la ruindad;

que la cabeza sin codicia es altiva.

Un rey de aquella región le dijo que de los hombres con moral y afabilidad esperaba que se sentaran a compartir con él su pan y su sal. El sheij aceptó, porque aceptar una invitación es parte de la tradición. Al día siguiente el rey fue a devolverle la visita. El asceta se levantó, abrazó al soberano, se mostró amable con él y le dedicó elogios. Cuando el príncipe se hubo marchado, uno de los amigos del sheij le preguntó a éste por qué había mostrado tal afecto al rey, cosa no corriente en él y que nunca había presenciado...

Historia de un rey

Oí que un rey pasó toda la noche de jolgorio hasta el amanecer y que al final decía borracho:

En mi vida tuve momento más feliz que éste,

ni en el bien ni en el mal pienso ni sufro por el mal ajeno.

Un derviche que dormía desnudo a la intemperie dijo:

Oh tú, en el mundo nadie hay con tu suerte;

sé que no te aflige la pena ajena, yo tampoco me apeno...

El derviche y el sultán

Cierto derviche cuyas plegarias eran atendidas por Dios apareció por Bagdad. Le dieron la noticia a Hayyáy ibn Yusuf, que le hizo llamar y le dijo: «Di una plegaria por mí». Dijo [el derviche]: «¡Oh, Dios! Arrebátale la vida». Respondió: «¡Por Dios! ¿Qué clase de oración es ésta?». Contestó: «Es una buena plegaria para tí y para todos los musulmanes».

Oh prepotente que de tus súbditos te enseñoreas,

¿hasta cuándo durará tu iniquidad?

¿Y de qué te sirve tu autoridad?

¿Qué es mejor, soportar tu yugo o que te mueras?

Fuente: Golestán (La rosaleda). Sa’dí Shirazí

Cuento de la herencia del padre

En Diyarbakir estaba yo invitado de un anciano que tenía muchas riquezas y un hijo

guapo. Una noche me contó que nada tenía en la vida excepto aquel muchacho; dijo: «Hay

un árbol en el valle que es lugar de peregrinación y a él se dirige la gente para pedirle

deseos. Largas noches lloré a los pies de aquel árbol rogándole a Dios hasta que me

concedió este hijo». Oí cómo el muchacho susurraba a sus amigos: «¿Por qué no averiguar

dónde está ese árbol para pedirle que se muera mi padre?». El señor, contento porque su

hijo es listo, y el hijo, contento porque su padre está decrépito...

El verdadero legado

Había dos príncipes en Egipto; uno adquirió ciencia y el otro amasó dineros. En resolución, uno llegó a ser el más sabio de su época, y el otro, faraón. El rico miró con desdén al sabio y le dijo: «Yo he llegado a ser faraón y he aquí que tú sigues en la indigencia». Le respondió: «¡Oh hermano! Yo he sido el más favorecido por la gracia de Dios, pues soy heredero del legado de los profetas, es decir, de la ciencia, y tú heredero del legado del faraón y Hamán, es decir, del reino de Egipto».

Introducción al Golestán

Alabado sea Dios, su gloria y su majestad, que

si le obedecemos, a él nos acercamos, y si

le mostramos gratitud vemos acrecentadas

nuestras bendiciones. Cada inspiración

prolonga la vida, cada espiración alegra el ánimo; así pues, en cada respiración hay dos

bendiciones, y por cada una de ellas hay que mostrar gratitud.

¿La lengua y la mano serán suficientes

para mostrarle la gratitud que merece?

¡Familia de David! ¡Dad gracias! ¡P

ocos de mis siervos son agradecidos!

Es mejor, si uno transgrede,

al Señor pida perdón.

Que nadie comportarse puede

según lo merece Dios.

La lluvia de su ilimitada gracia ha llegado

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