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Attar Nishaburi

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Un rey tenía una hija, bella como la luna y a la que todos tenían simpatía y afecto. La pasión estaba continuamente alerta a causa de sus ojos medio cerrados por el sueño y por un dulce entusiasmo. Su rostro tenía la blancura del alcanfor y sus cabellos la negrura del almizcle. Los rubíes del agua más hermosa se secaban de celos ante el brillo de sus labios. Si manifestaba aunque fuera un poco de su belleza, la razón se entristecía al no poder apreciarla dignamente. Si el azúcar hubiera llegado a conocer el sabor de sus labios se habría coagulado o fundido de vergüenza. Por efecto del destino, un derviche, cuya vista recayó sobre esta brillante luna, se prendó de ella violentamente.

En mi pueblo había un joven hermoso como la luna y parecido a José. Se cayó a un pozo y le fue cayendo encima mucha tierra. Al fin alguien lo sacó de allí; pero su estado y su situación habían cambiado y en dos instantes sus asuntos habían sido trastornados. Este joven, de excelente conducta, se llamaba Muhamad y era apreciado por todo el mundo.

Un árabe fue a Persia y se admiró de las costumbres que encontró allí. Este ignorante, cuando visitaba el país, pasó por azar delante de una casa de caridad. Había allí un puñado de gentes desordenadas que se habían jugado los dos mundos y que no decían palabra. Todos sin mujer, sin óbolo, pero con el corazón puro; todos exentos de mancha, a cual más.

Un infortunado llegó, a fuerza de andar, a un lugar desierto cerca de un derviche y le dijo: " ¡Oh derviche! ¿Cómo van tus asuntos?" El devoto respondió: "¿No te da vergüenza de hacerme tal pregunta? Enrojece. He permanecido en este mundo que está bien apretado para mí en este momento y donde vivo estrechamente". Su interlocutor replicó: "No dices la verdad; ¿cómo puedes vivir estrechamente en este vasto desierto?" "Si este lugar no fuera estrecho, replicó el derviche, ¿me habrías encontrado alguna vez?"

Un hombre de elevadas miras y posesor de perfección, se enamoró de una hermosa persona. Ahora bien, aquella a quien había abandonado su corazón se quedó delgada y amarilla como un tallo de azafrán. El luminoso día se volvió oscuro para su corazón, la muerte llegó desde lejos y se aproximó a ella. Anunciaron esta noticia a su amante; él acudió con un puñal en la mano y diciendo: "Yo quiero matar en el acto a mi amante a fin de que esta mujer, parecida a una admirable pintura, no muera de muerte natural". Le dijeron: "Eres un insensato; ¿qué motivos tienes pues para querer matarla? No viertas sangre, retira la mano de este asesinato pues ella va a morir. ¿De qué sirve matar a una persona que se muere? Sólo un loco le corta la cabeza a un muerto". -"Si mi amiga perece por mi mano, me harán perecer por la ley del talión. Entonces el día de la resurrección, yo arderé por ella como la vela delante de los humanos reunidos. Seré ajusticiado a causa de mi pasión por esta muchacha y mañana también seré quemado por su causa. Tal es mi situación aquí y allá. Mi suerte es de ser o quemado o matado por esta dama"...

Cuando todos los pájaros hubieron oído esta historia, se decidieron a renunciar ellos también a la vida. El pensamiento del Simorg se llevó el reposo de sus corazones; su único amor llenó el corazón de los cien mil pájaros. Hicieron el proyecto de ponerse en camino, proyecto loable, para el cual se prepararon prestamente. Todos dijeron: "Ahora tenemos que procurarnos con nuestro dinero un guía para atar y desatar. Necesitamos un conductor para nuestro camino, porque no se puede actuar según sus propias ideas. Es necesario un administrador excelente para tal camino, con la esperanza de que nos pueda salvar de este profundo mar. De corazón obedeceremos a este guía; haremos lo que él diga, bueno o malo, para que al fin nuestra bola caiga, lejos de este lugar de jactancia, en el mazo del Cáucaso. 

Cuando los pájaros oyeron este discurso, descubrieron los antiguos secretos. Reconocieron su relación con el Simorg y, necesariamente, experimentaron el deseo de hacer el viaje "que les proponía la abubilla". Sin embargo, este discurso incluso les hizo recular al ponerse en camino; todos experimentaron la misma inquietud y la expresaron de forma parecida. Dijeron, pues, a la abubilla: "¡Oh tú que eres nuestra guía en este asunto! ¿Quieres que abandonemos, para abordar este camino, la vida tranquila que gozamos, puesto que débiles pájaros como nosotros no pueden vanagloriarse de encontrar el verdadero camino para llegar al lugar sublime donde vive el Simorg?"

¡Oh Attar perfumador! Constantemente has esparcido por el mundo el contenido de la vejiga del almizcle de los secretos. Los horizontes del mundo están llenos de tus perfumes y los amantes que habitan en el mundo están llenos de turbación por tu causa. Tanto lanzas suspiros de amor puro, tanta haces oír quejas cerca de la cortina que asaltan los verdaderos amantes. Tus versos les ofrecen un capital, ¡ojalá puedan adornarse con ellos como con una joya!...

¡Alabanza al santo Creador del alma, que ha gratificado a la vil tierra con el alma y la fe, qué ha posado su trono sobre las aguas y que ha hecho vivir en los aires a criaturas terrestres! Ha dado a los cielos la dominación y a la tierra la dependencia; ha imprimido a los cielos un movimiento perpetuo y a la tierra un reposo uniforme. Ha colocado el firmamento encima de la tierra como una tienda sin estacas para sostenerla. En seis días ha creado los siete planetas y con dos letras ha creado las nueve cúpulas de los cielos. Ha dorado los dados de las estrellas para que el cielo pueda, durante la noche, jugar al chaquete. Ha dotado de propiedades diversas la malla del cuerpo; ha puesto polvo en la cola del pájaro del alma; ha vuelto líquido el océano en señal de servidumbre y ha helado la montaña por el temor que le ha inspirado. Ha desecado el mar completamente; de la piedra ha hecho nacer el rubí y de la sangre, el almizcle. Dio a la montaña el puñal y el cinturón; por esto es por lo que ella eleva la cabeza con orgullo. Tanto ha hecho nacer matas de rosas sobre la superficie del fuego, tanto puentes sobre la superficie del agua. Ha hecho atacar a su enemigo por un pequeño mosquito, resintiéndose aquél de la picadura durante cuatrocientos años. En su sabiduría, inspiró a una araña a tejer prudentemente su tela para proteger al más eminente de los hombres. Ha ajustado la talla de la hormiga hasta el punto de asemejarla a un cabello y ha hecho de ella la compañera de Salomón; le ha dado el hermoso traje negro de las Abbasidas y un vestido de brocado digno del pavo real y que no ha costado trabajo tejer...

¿No has visto a la impaciente araña que pasa caprichosamente su tiempo? Teje con avidez una red maravillosa, con la esperanza de que caiga en ella una mosca. Precavidamente construye una casa que abastece con provisiones para su uso. Cuando la mosca se precipita con la cabeza para abajo en su tela, la araña chupa la sangre de la carne del pobre bichito. Después deja secarse el cadáver en el mismo lugar y continúa tomándolo como su alimentación durante un cierto tiempo. Pero de pronto el dueño de la casa se levanta, con la escoba en la mano. Ahora bien, el nido de la araña representa el mundo y la mosca, la subsistencia que Dios ha colocado en él para el hombre.

Aunque el mundo entero te estuviera destinado, lo perderías en un instante. Ya puedes glorificarte dé la realeza del mundo, que no eres más que un niño en la vía espiritual; pues tú te diviertes fuera del telón. No busques la realeza, si no has comido cerebro de asno; y sabe ¡oh insensato! que el reino del mundo está entregado a los toros. Aquel cuyo tambor y cuya bandera señalan la alta dignidad no sabría ser derviche. En cuanto a ti, aléjate de esas cosas, pues no son más que ruido y viento. En efecto, es el viento el que infla la bandera y el ruido sale del tambor; estas dos cosas valen menos que la más pequeña moneda de vellón. No hagas caracolear tanto al corcel de tu necedad, no te deleites tanto en la ilusión de tu elevada posición. Se acaba por despellejar a la pantera y así pronto se te quitará la vida.

Puesto que es imposible ser distinguido individualmente, más vale perderse voluntariamente y entrar con la cabeza baja "en el todo". No te es posible ser orgulloso, humíllate pues; ¿hasta cuándo jugarás? O agacha la cabeza y no busques la dominación, o deja el juego y no te metas en tu cabeza. Tu palacio y tu jardín no son para ti más que una prisión. Tu alma es la desgracia de tu alma. Deja esta habitación terrestre llena de ilusiones. ¿Hasta cuándo la recorrerás? Abre el ojo de la verdadera ambición y ve la vía espiritual; pon el pie en esta vía y descubre la corte celestial. Si llegas al punto de hacer llegar tu alma a esta corte, no apreciarás más la gloria del mundo.

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