Poesía Libre

LAS ENSEÑANZAS DE HURIYYA

 

Un día pensé en partir. Un jilguero

se posó en mi mano y se durmió.

Me bastaba con acariciar el pámpano de una

parra, deprisa,

para que ella supiera que mi copa estaba llena,

acostarme temprano

para que ella viera mi sueño y prolongara su noche para

velarlo,

que una de mis cartas llegara

para que ella supiera que mi dirección había cambiado

en el seno de las cárceles y que

mis días revoloteaban en torno a ella

y ante ella.

 

II

 

Mi madre cuenta mis veinte dedos de lejos.

Me peina con un mechón de su cabello dorado.

Busca en mi ropa interior a las mujeres desconocidas

y zurce mis calcetines rotos.

No he crecido en sus manos como deseábamos, ella y yo.

Nos separamos en la pendiente de mármol.

TE QUIERO COMO AMA LA MUERTE

 

 

Más pesado,

Más bajo,

Cargo con mi experiencia y me marcho.

Mientras seas la cima del mundo,

Mientras la superficie de la tierra sea convexa,

Descenderé y me alejaré,

Descenderé y me alejaré.

Un día las arenas movedizas me engullirán,

Me hundiré poco a poco

En la oscura eternidad de tu amor,

Perderé el conocimiento,

Me esconderé de las miradas,

Las masas asistirán a la celebración de mi muerte,

Los aventureros y los poetas me envidiarán

Y tú

Arrojarás una nueva joya

Al cofre de tus mártires.

 

Te quiero,

No te arrepientas,

No tiendas la mano para socorrerme,

Permíteme quererte

Como ama la muerte.

Te quiero como ama la muerte.

EL MIEDO

 

 

El fuego se apagará en la chimenea,

La botella se vaciará,

El disco se parará,

Los invitados se marcharán,

Haremos juntos la cama

Y dormiremos juntos.

Te levantarás por la mañana,

Prepararás nuestro maravilloso café,

Los pájaros de tu apacible bosque cantarán en mi honor,

Me preguntarás: ¿te despiertas?

Temo que la muerte me sorprenda en mi sueño.

No, no me dormiré,

Velaré hasta la mañana amiga

Y observaré en tu rostro dormido

Los astros de nuestro mundo futuro.

ARDEN LAS PALABRAS

Autor: 

Poesía, inmortal cadáver, me aburres.

Líbano arde,

Brinca cual yegua herida al borde del desierto

Mientras yo busco a una chica robusta

Para rozarla en el autobús,

A un hombre de rasgos árabes

Para derribarlo en cualquier sitio.

Mi país se desploma,

Tiembla desnudo cual cachorro de león

Mientras yo busco un rincón retirado

Y a una aldeana desesperada para seducirla.

Diosa de la poesía

Que penetras en mi corazón cual cuchillo

Cuando pienso que compongo poemas

A una chica desconocida,

A un país mudo

Que come y duerme con cualquiera.

Puedo reírme hasta que la sangre

Fluya por mis labios.

Yo soy la flor letal,

El águila que golpea a su presa sin piedad.

Árabes,

Montañas de harina y placer,

Campos de balas ciegas,

¿queréis un poema sobre Palestina,

sobre conquista y sangre?

Yo soy un hombre extraño:

Tengo el pecho de lluvia

Y en mis ojos ausentes

Hay cuatro naciones heridas buscando su muerte.

Estaba hambriento,

Escuchando la triste música

Y dando vueltas en la cama cual gusano de seda

Cuando saltó la primera chispa.

Desierto: tú mientes.

¿Para quién es esta muerte púrpura

y la flor recogida bajo el puente?

¿Para quiénes son estas tumbas

inclinadas bajo las estrellas,

esta arena que nos das

cada año cual cárcel o poema?

Ayer regresó este héroe de labios delgados

Acompañado por el viento, los tristes cañones

Y su larga lanza brillando cual puñales desnudos.

Dadle un anciano o una prostituta,

Dadle estas estrellas y las arenas judías.

Allí

En medio de la frente

Donde cientos de palabras agonizan

Quiero la bala de gracia.

Hermanos,

He olvidado vuestros rasgos,

Aquellos seductores ojos.

¡Dios mío!

Cuatro continentes heridos en mi pecho.

Creía que conquistaría el mundo

Con mis ojos azules y mi mirada poética.

Líbano: mujer blanca bajo el agua,

Montañas de pechos y garras.

Grita, mudo,

Alza los brazos

Hasta que estallen las axilas

Y sígueme.

Yo soy el barco vacío,

El viento cubierto de campanas.

Sobre los rostros de las madres y los cautivos,

Sobre los versos y metros decadentes

Verteré fuentes de miel,

Escribiré sobre árboles o zapatos,

Rosas o muchachos.

Aléjate, desgracia,

Bello muchacho encorvado.

Mis dedos son largos cual agujas

Y mis ojos son dos héroes heridos.

Desde hoy no habrá versos.

Cuando te derriben, Líbano,

Y se acaben las noches de poesía y frivolidad

Dispararé la bala en mi garganta.

CIUDAD DEL ESPEJISMO

 

su tarde la quietud y las estrellas,

y su aurora una espera.

Los años se extienden ante nosotros: sangre y fuego,

les tiendo puentes

pero se vuelven un muro.

Y tú sigues en el abismo de tus profundos mares.

Me sumerjo sin tocarlos, me golpean las rocas,

descarnan las venas de mis manos, pido ayuda: "¡Wafiqa!

La criatura más cercana a mí eres tú, compañera

de los gusanos y las sombras".

Durante diez años he caminado hacia ti, amante que duermes

conmigo detrás de su muro, duermes en su mismo lecho,

y no tiene fin mi viaje

hacia ti, ¡ciudad del espejismo, destrucción de su vida!

Crucé Europa hacia Asia

mientras se ocultaba el día,

tú eres mi amante, ciudad alejada,

cerradas están sus puertas, tras ellas me detengo a escuchar.

ABRAHAM Y EL ANGEL DE LA MUERTE

 Cuando el amigo de Dios estuvo en la agonía, no entró sin pena su alma a Azrail: "Retírate -le dijo-, y dile al Rey del

universo que no exija el alma de su amigo". Pero Dios altísimo dijo: "Si eres mi amigo, debes desear venir a encontrarme.

Habría que arrancar con la espada la vida del que sintiera darla por su amigo". Una persona que estaba presente dijo: " ¡Oh

 

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