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Hafez Shirazi

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Muchas veces he dicho y de nuevo digo que yo,

de amor vencido, en esta senda no avanzo por mí mismo.

Tras el espejo, me han retenido en calidad de loro.

Lo que ha dicho que diga el primer maestro digo.

Sea yo flor o bien sea una espina, hay un experto en verdor,

y broto por la mano que me cultiva...

Así como cualquier hombre puede

escalar

Una montaña alta

Y en un día claro

Desde allí ver en muchas millas a su

alrededor,

Hafiz puede pararse sobre un pico

sagrado

Dentro de su corazón

Y ver por cientos de años

En todas direcciones.

Y les digo, mis queridos,

Que el Saheb-e Zaman*,

El Cristo,

El Profeta,...

Hafiz se presenta a sí mismo como compañero y guía, amigo y amante.

Nos invita a compartir su vida, su vino y su corazón, a ver el mundo y a nosotros mismo a través de sus ojos.

Si no lo conociéramos, pensaríamos que nos está cortejando- ¡y probablemente lo está haciendo!

Ve, céfiro, y di a aquella esbelta gacela  que a la montaña y al desierto nos ha guiado.  

¡Larga sea tu vida, vendedor de dulces!  ¿Por qué olvidaste aquel loro golmago?  

¿Debido a tu belleza altiva, oh rosa,  no preguntaste por el ruiseñor enamorado?  

Con humor ufano, a los gnósticos se atrae,  al ave sabia, ni con trampa ni con grano.  

Cuando te sientes a beber con el que amas,  recuerda a los que intentan brindar con él en vano...

¡Levántate y en la copa de oro el licor del gozo vierte, antes de que ese cráneo en la tierra se asiente!  

Desierto de silenciosos será al fin nuestra morada, vaya en tanto el clamor nuestro a la cúpula miniada.  

Precario es el tiempo, ¿sabes?, de esta mansión que posees, del corazón de la copa el fuego arroja en tus bienes.  

Aparta ya el ojo impuro del que es Alma de las almas y a través del claro espejo, con claridad, ve su cara.  

Hice ablución en mis lágrimas, pues dicen los de la vía: purifícate primero, después, al que es puro, mira.  

Por tu verde torso, cuando me torne tierra, oh ciprés, arroja tu sombra en ella, y olvida tanta altivez.  

La serpiente de tu bucle nuestro corazón mordió.  Adonde se halle el antídoto, por tu boca, arrójalo...

¡VUÉLVETE!  

El cáliz en la mano, llegó mi amado al convento de los magos ebrio de vino y los comensales ebrios de su ebrio narciso. 

De su caballo, en la herradura, creciente la luna clara; y por su altura, del cedro la altura baja. 

Se levantó, y la vela de los corazones de todos se sentó.  Él se sentó, y el grito de los contempladores se levantó.  

La algalia emite alto perfume, pues se enrosca a su bucle; El khol dibuja un arco, que el de su ceja asume. 

Mas ¿por qué digo soy, si de mí mismo no he noticias? Y ¿por qué digo no es, si con él tengo la vista? 

Vuélvete, y que la vida en fuga de Hafiz vuelva, Aunque la flecha que salió del pulgar nunca regresa.

¡Compañeros, desatad el nudo del bucle del amado! Alegre es la noche, ¡prolongadla con esta historia!  

Reunidos los amigos, la íntima soledad reina, leed el Enyakad y cerrad la puerta.  

El laúd y el arpa dicen en voz alta: Prestad oído atento al mensaje de quien detenta el secreto.  

¡Por el alma del amigo! Si confiáis en las gracias efectivas, no romperá la tristeza vuestro velo.  

Entre el que ama y el amado es grande la diferencia. Si se hace esquivo el amado, seguid los requerimientos.  

Del anciano tabernero este es el primer consejo: ¡Alejaos del compañero malvado!  

Y todo el que en este círculo no esté vivo por amor... Por él, no muerto, con mi dictamen, elevad una oración.  

Y si de vosotros una limosna Hafez reclama, orientadla al labio del amado, que al corazón amansa.

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