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hay una flauta,

en la flauta que nos habita

un fuego

y en el fuego que encendemos

un Fénix verde.

En su elegía no he distinguido

mi ceniza de tu polvo.

 

Una nube de lilas basta para ocultarnos la

jaima del pescador.

Camina, pues, sobre las aguas como el Señor.

Ella me ha dicho:

El recuerdo que llevo de ti no está

desierto

y ya no hay enemigos para las rosas que

surgen de los escombros de tu casa.

 

Un anillo de agua rodeaba la elevada

montaña

y el Tiberíades era el patio trasero del primer

Paraíso.

Le dije: la imagen del universo se ha completado

en unos ojos verdes.

 

Ella me respondió: Oh, mi príncipe y mi cautivo,

guarda mis vinos en tus jarras.

 Los dos extraños que se han consumido en

nosotros son

esos que hace un instante han intentado

matarnos,

los que volverán a sus espadas dentro de poco,

los que nos preguntan: ¿Quiénes sois?...

Este es el gran show

en el estacionamiento

del Tigris y el Eufrates;

 

el sol es más atroz

que un taciturno tigre

con el alma enamorada;

 

las voces hablan inglés

y piden feroces una balada,

un cántico y un rock.

 

Los vendedores de helado

ya arrastran

sus obscenos

carros verduscos;

las aeronaves impetuosas,

vehementes

afinan

sus afiladas guitarras,

los buques

su desmesurada percusión...

Me inclino ante Dios en señal de gratitud,

Y me doy cuenta de que la luna

Está haciendo lo mismo.

Me inclino ante Dios con gran felicidad,

 Y veo de dónde obtienen su luz Los soles

Y los niños Y mi corazón.

Me inclino ante el Amigo en una profunda reverencia

Y descubro un maravilloso secreto que viaja en el aire:

Todo este Universo está tan bendecido

Y divinamente enloquecido como Yo,

E igualmente perdido en este Maravilloso Baile Sagrado.

Querido mío, Después de un viaje tan, tan largo, ¡Dios ha liberado otra Alma!  

Todo lo que Hafiz quiere hacer ahora

Es abrir una bella Taberna Donde este vino sagrado

De la Verdad, Sabiduría y Amor de Dios

Te sea ofrecido libremente

Por siempre jamás. 

Oh, inclínate ante Dios con gratitud,

Y algún día Tú verás como La luna está haciendo lo mismo.

Cuentan que, cuando vendieron a José, los egipcios manifestaron una ardiente simpatía hacia él. Como se presentaron muchos compradores, quisieron tener cinco o diez veces más que su peso en almizcle. Entre ellos se encontraba una anciana, con el corazón ensangrentado y que había hilado en esta ocasión algunas madejas de hilo. Toda emocionada llegó al centro de la reunión y dijo al corredor: "Véndeme a este cananeo; estoy loca por el deseo que experimento de poseer a este joven. He hilado diez madejas de hilo para pagar su precio; cógelas y véndeme a José, poniendo tu mano sobre la mía sin decir palabra".

El corredor se echó a reír y le dijo a la vieja: "Tu simplicidad te pierde; esta perla única no es para ti. En esta asamblea ofrecen cien tesoros para pagar su precio; ¿cómo, pues, querrías tú pagarlo con tus bolas de hilo? -"Yo sé bien -respondió la vieja-, que nadie me vendería a este joven por tan poco; pero me basta con que mis amigos y mis enemigos puedan decir:

`Esta anciana ha sido del número de los compradores de este joven',".

Un sabio teólogo estaba agonizando y dijo: " ¡Ah! si yo hubiera sabido antes cómo -es más alto grado de honor el escuchar que el hablar, ¿habría perdido mi vida discurriendo? Aunque un discurso fuera tan excelente como el oro, más vale no decirlo". La acción es lo propio de los hombres dignos de su misión. ¿No vale más entregarse al amor divino en lugar de hablar? Si tuvieras, como los hombres espirituales, un tierno amor por la religión, encontrarías cierto lo que digo. Puesto que tu corazón es extraño al amor, todo lo que digo te parece fabuloso. Adormécete con abandono como el hombre que rechaza las prácticas exteriores de la religión y te recitaré mis agradables relatos. Si Attar te los ha hecho que te hayan encantado, el sueño te vendrá agradablemente. Duerme, pues, cómodamente: he derramado bastante aceite sobre la arena; he atado bastantes perlas al cuello de los cerdos. Bastante a menudo he preparado esta mesa y sin embargo me he levantado hambriento de ella. Bastante a menudo he amonestado a mi alma y no me ha obedecido; le he dado medicamentos y no le han hecho efecto.

La luna es de lo más feliz

Cuando está llena.

Y el sol siempre se ve

Como una moneda de oro sin estrenar.

Que acaba de ser pulida

Y puesta a volar

Por un Beso juguetón de Dios.

Y hay tanta diversidad de frutas

Que cuelgan llenitas y redondas

De ramas que asemejan las manos de  un escultor.

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