Poesía

Historia del schaikh San’an (tercera parte)

Recordaba las obras, en número de más de cien, que había leído e incluso escrito él mismo sobre la religión y el Corán, que tan bien se sabía de memoria; pero cuando el vino de la copa llegó a su estómago, su sentido espiritual se borró y sólo le quedó una vana pretensión. Todo lo que sabía desapareció de su inteligencia a medida que el vino ("badah") produjo su efecto; su espíritu se fue como el viento ("bad"). El vino lavó por completo de la tablilla de su consciencia el sentido espiritual que poseía antaño. El amor de esta muchacha lo volvió inquieto y todo lo que le había ocupado hasta entonces se desvaneció para él.

  Cuando el schaikh estuvo ebrio, su amor se volvió violento y su alma se agitó como el océano. Estando en la embriaguez, con la copa en la mano, miró a este ídolo y de repente perdió su libre albedrío; dejó deslizar su corazón de su mano y, excitado por el vino, quiso llevar la mano al cuello de la hermosa cristiana.

La joven le dijo: "Tú no eres un hombre de acción, tú sólo tienes pretensiones en amor; no conoces el sentido misterioso de las cosas. El estado normal no puede aliarse al amor, pero la infidelidad le es favorable. Si tienes firme el pie en el amor, tú posees el camino de mis bucles de cabellos enroscados. Pon el pie en la infidelidad, representada por mis bucles enredados; sigue la ruta de mis cabellos, desde el presente podrás poner la mano en mi cuello; pero si no quieres seguir este camino, levántate y vete; coge tu bastón y el manto de fakir".

Recuerdo

El recuerdo habita en el corazón treinta años,

y a continuación se abre en la sangre

una rosa obvia.

Los recuerdos se generan de eventos quizás

no vividos,

se generan de casos vagos, y cada vez, anda hacia

un pasado de tiempo inmemorial, ese cuerpo se examina en él,

convive con ellos, como hacemos en presencia de

Di vueltas por el mundo

Di vueltas por el mundo y verdaderamente no encontré,

ninguna ciudad ni tierra donde vendieran un buen destino.

Tráeme la mortaja y el ataúd, y oscurece tu camisa,

que el día de hoy es médico, y la cura está enferma.

De la catapulta del cielo nos llueven piedras de desorden,

y yo vanamente me escapo a las vallas de cristal.

De esta forma que hierven suspiros y no rechisto,

no te extrañes si sale fuego de mi como el árbol...

Cuento del amigo despechado

Recuerdo que en otros tiempos tenía un amigo con el que era uña y carne. De repente

ocurrió que tuvimos que separarnos. Después de un tiempo vino a mí y comenzó a

reprocharme por no haber mandado nunca ni siquiera un mensajero. Le respondí: «Me

resultaba gravoso que al mensajero se le iluminara el rostro por tu belleza mientras yo

estaba privado de ella»...

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