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Ensayos literarios

Renacimiento Persa: “Ferdowsî y la Épica”

Abul Qasim Mansur Ibn Hasan Al Ferdowsî (940- 1020) nació en las cercanías de Tûs- hoy la Sagrada Mashhad y se ganaba la vida mediante la venta que le propiciaban sus tierras. Fue contemporáneo de la dinastía turca de los Ghaznevidas que mantuvo el poder aproximadamente de 962- 1040. Durante ese reinado se adoptó el zabanê farsî (idioma persa) como lengua administrativa y se da a aparecer como heredera de los Samaníes, opuestos a los turcos qarakhanidas del Asia Central. El cenit de su poderío se dio con el caprichoso Shâh (sultán, rey) Mahmud Al Ghaznaví. Ferdowsî luego de trabajar por más de 30 o 35 años en la composición del “Shâh Nâmeh” se dirigió a la corte del Shâh Mahmud con la confianza de que poseía una gran riqueza y reputación para interactuar entre los diversos poetas que retenía el monarca.

Sa’dí, el poeta peregrino (Cuarta y última parte); Traducciones del Golestán

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Sa’dí no es filósofo ni místico. Es sólo poeta, un verdadero poeta. Es sobre todo un poeta del humanismo cuyo orgullo es el amor y la moral. No es un Platón como para hablar del mundo imperceptible de lo oculto y hacer del amor y del espíritu esencia tan primordial que no tengan relación alguna con la materia y lo corpóreo. Es un Sócrates que presta atención al hombre y a su destino. El amor por un efebo del bazar, como Sócrates con Alcibíades, no lo considera tampoco un impedimento para buscar el humanismo y la perfección. Al igual que Descartes, se percata de que todo el mundo está satisfecho de su inteligencia, y, como Voltaire, mira con indulgencia los conflictos y las discrepancias y quiere que todos tengan la libertad y el coraje para expresar sin miedo su opinión y su pensamiento. Pese a todo, al igual que Platón, teje para sí un mundo imaginario en el que sacrifica la fealdad y la maldad a los pies del bien y de la belleza, y, a la vez, como Sócrates, profiere osadamente y sin temor todo aquello que considera la verdad y no da pie a que el odio y la inquina del vulgo entre en sus pensamientos. Sobre este vulgo habla con amor y cariño y él mismo no se mantiene al margen de él, pues vive entre la gente, a la que tolera con condescendencia y paciencia. Es cierto que no considera muy útil educar a los indignos, empero no pasa por alto los efectos de la educación sobre aquellas personas predispuestas. Es a este mismo vulgo a quien están dirigidos sus consejos y apólogos, y por esta razón algunos de sus aforismos han pasado al refranero popular. Al igual que sus propios maestros -Saháb al-Din Sohravardi yAbul Faray ibn Yuzi-, recomienda seguir la tradición y la ley coránica. Pero ni se convierte en Sohravardi, que se dejaba llevar completamente por ensoñaciones sufíes, ni tampoco en ibn Yuzi, que veía al sufí como alguien completamente engañado por el Diablo. La suya es la senda moderada por la que optan la prudencia y la sensatez de un sabio que ha visto mundo, evitando así el extravío. Por ende, el fundamento de su instrucción es la filosofía pragmática y el gusto por la vida. Ni hace suyos los sueños de las fantasías lejanas de los filósofos, ni tampoco lleva hasta el extremo la unicidad y la unidad del sufismo como para disolver al ser humano en la grandeza divina. Ésta es la moderación que evita que el hombre se deje llevar por los radicalismos. Sin esta moderación, a la que nos exhorta Sa’dí, el hombre no podría ser libre y liberado como merece por su condición de humano, y es ahí donde radica la importancia de esta moderación. Adentrémonos, pues, en esta rosaleda que no se ha marchitado con el paso de los siglos y dejémonos guiar por los consejos mezclados con la miel de la dulce dicción del sabio poeta de Shiraz.

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