Historia de Abdula, el mendigo ciego (de “Las Mil y Una Noches”)

Autor: 

El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:
-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.
Una tarde que volvía de Basora con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Basora. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él ...

La vida y la muerte

Autor: 

 

 

Mira al amor

    como se enreda

        con el enamorado

 

Mira al espíritu

    como se funde con la tierra

                      dándole nueva vida

 

¿Por qué estás tan preocupado

       con esto o aquello, o lo bueno o lo malo?

                 pon atención de cómo se unen las cosas

 

¿Por qué hablar acerca de todo

    lo conocido y lo desconocido?

          mira también como lo desconocido se convierte en lo desconocido

 

¿Por qué pensar por separado

   acerca de esta vida y de la siguiente?

          cuando apenas si hemos nacido de la última vida.

 

La amistad

Ofrezcamos con nuestros elogios el incienso de la amistad

al hombre cuyos ojos resplandecen.

Que la claridad de un corazón puro brille como la antorcha

que ilumina la celda de un devoto del amor.

Ya no veo a mi lado a quien fue mi compañero.

Mi corazón está lacerado de tristeza.

Mas ¿dónde está el escanciador?

 

Poema de los átomos.

Autor: 

“... ¡Oh día, despierta! Los átomos bailan.

Todo el universo baila gracias a ellos.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído... a donde les arrastra esta danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto... sabes, parecen locos.

Cada átomo, feliz o triste... está encantado por el sol.

No hay nada más que decir…”

 

*

 

“¿Qué puedo hacer?, ¡Oh musulmanes!, pues no me reconozco a mí mismo.

No soy cristiano, ni judío, ni parsi, ni musulmán.

No soy del este, ni del oeste, ni de la tierra, ni del mar (…).

Mi lugar es el no lugar, mi señal la no señal.

No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado.

He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno.

Uno busco, uno conozco, uno veo, uno llamo.

Estoy embriagado con la copa del amor, los dos mundos han desaparecido de mi vida.

No me resta sino danzar y celebrar".

 “Y el resultado de todo está en estas tres únicas palabras: ardía, ardía y ardía”.

Aparte de Amor, todo se desvanece.

 

El camino al cielo está en tu corazón.

¡Abre y levanta las alas del amor!

Cuando las alas del amor son fuertes, no se necesita ninguna escalera.

Aunque el mundo sea espinas, un corazón amante es una enramada de rosas.

Aunque ruede del cielo hacia abajo, la vida de los amantes sigue adelante.

Invita al amor en cada rincón oscuro.

Simbología mística musulmana en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús

Después de la ingente obra del arabista Miguel Asín Palacios, a pocos sorprendería la asociación de la mística española del Siglo de Oro con la musulmana medieval. A nosotros también nos ha tocado corroborar en más de un estudio los estrechos paralelos existentes entre ambas escuelas. Pero el grado de islamización de esta literatura mística es mucho mayor de lo que hemos visto hasta la fecha1 y de lo que llegó a entrever el maestro Asín en sus ensayos comparatistas. Escritores como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús -por mencionar sólo las figuras cimeras- nos deparan una sorpresa muy singular: comparten con sus correligionarios de Oriente muchos de sus símbolos y de su lenguaje técnico místico más importante. El hecho es muy significativo porque implica, desde el punto de vista literario, que hay que buscar numerosos referentes del vocabulario sanjuanístico y teresiano entre los sufíes. Estamos ante el fenómeno de una literatura europea con numerosas claves literarias árabes, incluso, persas . Veamos más de cerca. ...

Acerca de la comprensión interna de cómo las personas permanecen en el Barzaj entre este mundo y la Resurrección (del Último Día)

Autor: 

Entre este mundo y la Resurrección,

para cualquiera que reflexione, /

hay niveles intermedios (barzajiyya),

cada uno con sus límites:

Aquello que guardan depende del

influjo de su posesor, de cómo sea /

ahora mismo, antes de morir – por tanto, ...

Rostam mata a una hechicera

Autor: 

Habiendo finalizado sus devociones, Rostam le colocó a Rajsh su caparazón, montó a caballo, retomó su camino y entró en el país de los magos. Rápidamente hizo una larga marcha  y al momento en que la luz del sol desaparecía, vio unos árboles, hierba y agua viva ; en fin, un lugar digno para un héroe. Vio una fuente semejante al ojo de un faisán y, una copa, rojo vino como la sangre de la paloma, un cabrito asado, pan colocado encima del, salero y mermeladas dispuestos alrededor. Él bajo del caballo, le quitó la silla a Rajsh y se aproximó, asombrado, del cabrito y el, pan.  Era la comida de los hechiceros que había desaparecido a la llamada de Rostam y al anuncio de su voz. Él se sentó a lado de la fuente sobre una pila de juncos y lleno de vino una copa de rubíes. Encontró al lado del vino una lira de armonioso sonido y todo el desierto parecía una sala de banquetes. Rostam, apoyando la lira contra su pecho le saco melodiosos sonidos y cantó lo siguiente: ¨Rostam es la plaga de los malvados, aunque los días de alegría son raros para él, cada campo de batalla es para él campo de torneo. El desierto y la montaña son sus jardines. ...

Simbología mística musulmana en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús ( Cuarta parte)

 

Desviemos nuestra atención hacia otro de los símbolos más importantes de San Juan de la Cruz: la iluminación interior. Principalmente en su poema la «Llama de amor viva», que no ha recibido demasiada atención de los estudiosos, el santo celebra la luz y las llamas en las que arde su alma extática y las misteriosas lámparas de fuego que la alumbran en el instante de su transformación en Dios. La luz como símbolo es, sin duda, universal: lo vemos elaborado en las Jerarquías celestes del Pseudo Dionisio y Mircea Eliade nos llama la atención sobre las distintas culturas que lo hacen suyos: el judaísmo, el helenismo, el gnosticismo, el sincretismo, el cristianismo en general43. Pero en San Juan de la Cruz muchos de los pormenores del símbolo parecen, una vez más, sufíes. El misticismo islámico se obsede con el símil de la iluminación desde muy temprano -acaso, como proponen Edward Jabra Jurji44 y Annemarie Schimmel, porque funden frecuentemente las ideas de Plotino y Platón con las de Zoroastro y otros sabios persas antiguos, Suhrawardí, llamado al-maqtūl (el asesinado «o ejecutado») muerto en 1191, está considerado como el «šeij al-išrāq», maestro de la filosofía de la iluminación, gracias a su abundante literatura sobre el tema: escribe cerca de cincuenta libros en árabe y en persa, influidos por Avicena, por el helenismo y por importantes elementos iraníes y orientales antiguos, entre los que cabe recordar su Hikmāt al-išrāq (La filosofia de la iluminación) y su Hayākil an-nūr (Los altares de la luz). Sus seguidores insisten de tal manera en esta luz interior que ganan el sobrenombre de israquíes, literalmente «iluminados» o «alumbrados» como aquella secta perseguida del XVI español45. Para San Juan fue muy peligrosa la acusación de alumbrado que pesó sobre él ante la Inquisición, pero entre sus correligionarios musulmanes no era tan grave o incomún el apelativo. Ibn-‘Arabī lo usa como autoridad: "«One of the illuminati told me...»" (TAA, p. 84). El mismo respeto encontramos en Algazel, quien, al referirse a un maestro sufí en su I'h' con punto inferior (cursiva)yā’ (IV, 176-179) dice con unción: "«Un hombre, de aquellos a quienes la luz increada ilumina con sus resplandores...»"

Páginas