EL PESCADOR Y EL JINNI (Segunda parte)

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Se despojó luego de sus vestiduras y zambulléndose junto a la red trabajó arduamente hasta llevarla a tierra. Abrió entonces las mallas y halló dentro una vasija de cobre amarillo con forma de pepino que evidentemente contenía algo y cuya boca estaba amordazada con una tapadera de plomo, estampada con el sello del anillo de nuestro señor Salomón, hijo de David (¡Que Alá acoja a ambos en su seno!). Congratulase el pescador al verlo y dijo: «Si lo vendo en el mercado de calderos me valdrá diez dinares de oro». La sacudió y al advertir que era pesada prosiguió: «Quiera el cielo que sepa lo que hay dentro. Pues debo y quiero abrirlo y ver lo que contiene y guardármelo en la bolsa y luego ir a venderla en el mercado de calderos». Y tomando un cuchillo lo aplicó al plomo hasta desprenderlo de la vasija; depositó entonces el jarrón en el suelo y lo sacudió a fin de que cayera lo que había dentro. No halló cosa alguna, de lo que se maravilló sobremanera.

  

Jeroglífico

¿Quién sabe acerca de una batalla que está aniquilando niños, mujeres y ancianos indefensos desde hace más de medio siglo?

* ¿Afganistán?

- No, eso empezó el 7 de octubre de 2001.

* ¿Irak?

- Tampoco, eso comenzó el 19 de marzo de 2003.

* ¿Y entonces, cuál?

- Palestina

* ¿Dónde queda? No la veo en el mapa…

De cómo el lobo y el zorro fueron a cazar acompañando al león

Autor: 

Un león, un lobo y un zorro fueron juntos a cazar en las montañas para conseguir muchas presas para los tres. Aunque el fiero león se avergonzaba de los otros, les honró y acompañó por el camino. Para semejante rey, la escolta de soldados es una molestia, pero fue con ellos: un grupo unido es un regalo (de Dios). Las estrellas deshonran a una Luna así: está entre ellas por generosidad.

            Al Profeta le llegó la orden Consúltales, aunque ningún consejo puede compararse con el suyo. En la balanza, la cebada acompaña al oro, pero no porque sean la misma sustancia. El espíritu se ha convertido ahora en el compañero de viaje del cuerpo: por un tiempo, el perro es el guardián de la puerta de palacio

EL PESCADOR Y EL JINNI (Primera parte)

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   Ha llegado a mis oídos, ¡oh magnánimo rey!, que había un pescador ya bien entrado en años que tenía esposa y tres hijos y hallábase además sumido en la pobreza. Tenía por costumbre echar su red cuatro veces al día y nada más. Cierta jornada, encaminóse en pleno mediodía a la orilla del mar, donde, tras depositar su cesto y aligerarse de ropa, se introdujo en las aguas, arrojó la red y aguardó a que esta tocara fondo. Reunió entonces los cabos y tiró de ella, hallándola muy pesada; aunque puso todo su empeño no consiguió sacarla; tomó entonces los cabos, clavó una estaca en tierra y amarró a ella la red. Desnudóse luego y se zambulló en las aguas donde estaba la red y no cesó en su laborioso esfuerzo hasta que la hubo llevado a tierra. Gozóse con ello y volviendo a vestirse fuese hacia la red, en la cual halló un asno que había destrozado las mallas. Al ver aquello, en su aflicción exclamó: «¡No hay Majestad y no hay Poder sino en Alá el Glorioso, el Grande!» Luego dijo: «Una extraña clase de pan cotidiano es esta», y comenzó a recitar en improvisados versos:

De cómo el Profeta, la paz sea con él, le ordenó a Alí, que Dios otorgue honor a su persona, diciendo: «Cuando todos buscan acercarse a Dios mediante un acto devoto, tú busca el favor de Dios asociándote con Su siervo sabio y elegido, para que puedas ser

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El Profeta le dijo a Alí: «Oh Alí, tú eres el león de Dios, un guerrero valiente, pero no confíes en tu corazón de león; ven a la sombra de la palmera de la esperanza. Ven bajo la sombra del Sabio a quien nadie puede apartar del camino. Su sombra sobre la Tierra es como la montaña Qaf, su espíritu como el Simurgh que vuela muy alto. Aunque enumerara sus cualidades hasta el día de la resurrección, no tendrían fin. El Sol se ha velado en el hombre: entiéndelo y Dios sabe mejor lo que es correcto. Oh Alí, por encima de todos los actos devotos en el camino, elige la sombra del siervo de Dios. Todos se refugiaron en un acto de devoción y descubrieron algún medio de librarse. Refúgiate en la sombra del sabio para que puedas escapar del enemigo que te acecha en secreto. De todas las acciones devotas, esta es la mejor para ti: precederás a los demás».

El testamento del rey

Un rey veía que se le acababa la vida y que no tenía sucesor. Ordenó en su testamento que el primero que cruzara por la mañana las puertas de la ciudad fuera coronado y le fuese entregado el reino. Sucedió que el primero que entró fue un mendigo que había comido mal durante toda su vida y siempre se había vestido con andrajos. Los dignatarios del reino y los cortesanos se dispusieron a cumplir el testamento del rey y le hicieron entrega de las llaves de los alcázares y de los tesoros. Tras un tiempo de reinado, algunos emires del reino se le sublevaron y varios reyes de la zona le declararon la guerra y prepararon un ejército para atacarle. Finalmente, incluso sus súbditos y sus tropas unieron esfuerzos y le arrebataron parte de sus dominios...

De cómo los esclavos, compañeros de Luqman le acusaron de haber comido la fruta que era para su amo

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Luqman era despreciable a los ojos de su amo por su apariencia física. El amo solía enviar a los esclavos al jardín para que le trajeran fruta. Luqman era considerado por los demás como un parásito pues estaba lleno de ideas y su piel era oscura como la noche.

Šāh-nāmeh; «El Libro de los Reyes»

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Estudiar el Šāh-nāmeh de Ferdowsī es al mismo tiempo estudiar la tradición literaria de los siglos anteriores, la presencia de la poesía dentro de las cortes de estas dinastías que clamaban ser persas, y, sobre todo, es intentar comprender qué quisieron transmitir realmente los poetas cuando crearon estas magníficas historias. Porque, ciertamente, lo primero que se tiene que destacar del Šāh-nāmeh es que su producción no fue espontánea u original.

Hacia el final del periodo Sasánida se compuso una obra con relatos legendarios y semi-legendarios que comenzaban con Alejandro Magno y cuyo argumento orbitaba alrededor de una serie de reyes, un compendio acerca de la historia de Persia, en pahlavi. El nombre original era Khwadāy-nāmag, y se incluía dentro de la literatura de andarz mencionada en el capítulo anterior. Ibn al-Muqaffa‘(† ca. 756-57) [1] tradujo al árabe esta obra [2], que pasó a llamarse Siyar al-mulūk, «La conducta de los reyes» [3]. Según François de Blois, existieron al menos cuatro versiones de «El Libro de los Reyes» antes de que Ferdowsī escribiese la suya, y que estas fueron las fuentes en las que el poeta se basó para completar su gran obra. Estas son el Šāh-nāmeh de Mas’udī al-Marwazī –compuesto probablemente antes de 966–, la versión presumiblemente en prosa de Abū l’-Mu’aiyad al-Blakhī del periodo Sāmāní, el incompleto traspaso a verso de Daqīqī, probablemente del mismo momento, o la más importante de ellas, según de Blois, preparada por el gobernador de Ṭūs, Abū Manṣūr Muḥammad ibn ‘Abd al-Razzāq, en 957[4]. Sin poder profundizar en este aspecto, la atención se centrará a partir de ahora en su propia versión del Šāh-nāmeh, la más conocida y aquella donde encontramos a Simurgh...

Sobre Salomón

Salomón, a pesar de su perfecta sabiduría, hizo humildemente un día esta pregunta a una hormiga coja: "Habla -le dijo—, tú que estás más impregnada que yo de las doctrinas espirituales; ¿cuál es la arcilla que se mezcla mejor al pesar?" La hormiga coja le dio enseguida esta respuesta: "Es -le dijo-, el último ladrillo de la estrecha tumba; pues, en efecto, el último ladrillo que colocarán en tierra pondrá fin a todas las esperanzas, incluso a las más inocentes"...

Historia de la princesa Donia con el príncipe Diadema

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"Cuando el príncipe Diadema hubo oído esta admirable historia, y se enteró de cuán deseable y cuán interesante era la princesa Donia, y de cuán bellas cualidades poseía, así como su sapiencia en el arte del bordado, sintió dominado su corazón por un amor desbordante, y resolvió hacer todo lo posible para llegar junto a la princesa.

Y llevó con él al joven Aziz, del cual ya no quería separarse. Montó otra vez a caballo, y emprendió nuevamente el camino de la ciudad de su padre el rey Soleimán-Schah, señor de la Ciudad Verde y de las montañas de Ispahán...

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